Entre serie y la novela: reencuentro con Gilead
No importa si viste la serie primero y después leíste El Cuento de La Criada, o si fue al revés. Lo cierto es que seguramente te enganchaste y quisiste saber qué pasó después. Y cuando terminas de leer Los Testamentos, sientes que cargas un spoiler entre manos. Con esta novela, Margaret Atwood quiso darle continuidad al mundo distópico de Gilead, aunque con un tono distinto al de la primera entrega.
Publicadas con 35 años de diferencia, Los Testamentos permite aproximarnos a Gilead desde una mirada renovada. Confieso que me gustó más el estilo intimista, pausado y hasta poético de El Cuento de la Criada. La secuela, en cambio, tiene un aire más policíaco, con pasajes de intriga y acción que se asemejan más a la serie que catapultó a la fama a June Osborne.
Una de las premisas fundamentales en ambas obras es que todas las mujeres en Gilead están cautivas. En las siguientes líneas, propongo aproximarme a esos cautiverios desde el pensamiento de Marcela Lagarde, para ver cómo la distopía reproduce dispositivos reales de opresión.
Los cautiverios de Gilead: lectura desde Marcela Lagarde
En Los cautiverios de las mujeres, Marcela Lagarde, explica que el cautiverio “define políticamente a las mujeres, se concreta en la relación específica de las mujeres con el poder, y se caracteriza por la privación de la libertad, por la opresión (…) Las mujeres están cautivas porque han sido privadas de autonomía vital, de independencia para vivir, del gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escoger y de la capacidad de decidir sobre los hechos fundamentales de sus vidas y del mundo”.
En Gilead este cautiverio se materializa. Las esposas y criadas encarnan el arquetipo de las madresposas, las Tías funcionan como monjas-guardián, las prostitutas aparecen como destino para mujeres rebeldes (el club Jezabel), y la locura o el aislamiento señalan caminos de sanción social.
Atwood retrata la opresión y la convierte en un mundo narrativo, sobre el cual se construye Gilead y en donde las mujeres sostienen, desde el miedo o la complicidad, los cimientos de su propia prisión.
Lydia: de opresora a estratega

(Photo by:Jill Greenberg/Hulu)
Las Tías fueron pilar del sistema opresivo: mujeres utilizadas para perpetuar el sistema de Gilead en nombre del orden. Aquí se encarna lo que Lagarde llama “la opresión de las mujeres desde las mujeres”. En El cuento de la criada, Lydia aparece como jefa suprema de las Criadas; en Los Testamentos, se nos revela parte de su pasado y, con ello, vemos que ella también está atrapada en Gilead.
Lydia empieza a rebelarse contra su propio cautiverio y a partir de ese momento, la novela se torna más policíaca que su antecesora. No voy a rebelar exactamente cómo es que se genera la revuelta, pero su transformación es esencial.
La Tía Lydia pasó de ser una opresora a defender, desde su propia visión, los derechos humanos de las mujeres. Ella misma conspiraba por debajo de la mesa para castigar a los hombres que se propasaban con algunas chicas y luego es capaz de urdir un plan maestro que… no puedo esperar a verlo plasmado en la serie anunciada este año para comprobar cómo termina todo.
De los cautiverios a la insurrección narrativa
Nos queda claro que Gilead es una ciudad de mujeres en cautiverio, pero en donde también hay fisuras. La historia de la Tía Lydia representa uno de los giros más interesantes de Los Testamentos: una mujer que aparenta ser el máximo instrumento del sistema, para luego conspirar desde dentro.

En cuanto al estilo de Atwood, vemos también un cambio desde El cuento de la Criada a Los Testamentos. Tenemos pasajes llenos de acción e intriga que se asemejan más a las series de este tiempo. Quizá en un intento por adaptarse a los signos de la modernidad y entregarnos una obra que pudiera ser más digerible o adaptable a la pantalla chica.
Si tuviera que escoger, me quedo con este pasaje que refleja cómo reclutaron a las primeras tías de Gilead: «También ella ha estado aislada en la oscuridad, pensé. La han puesto a prueba en el estadio. Ella, también, ha mirado en su interior y ha visto el vacío».
¿Cómo se regresa de ese vacío? Una opción es rendirse. Otra, empezar a ver que el sistema miente. En El cuento de la criada asistimos al origen del sistema; en Los testamentos encontramos las fisuras que lo erosionan. La narrativa de esta secuela incorpora fragmentos de intriga más que de contemplación. Pero lo que rescato con más fuerza es la evolución de Lydia: de carcelera del patriarcado a estratega de su caída.
Entre las grietas de Gilead
Si algo nos deja esta lectura, es que, como bien dice Lydia, «quien sabe esperar recibirá su recompensa. No hay malvado que cien años dure», ni víctimas que lo soporten. Mientras en El cuento de la criada, podemos ver cómo se estableció el sistema, en Los testamentos podemos apreciar el germen para que un imperio caiga. En Gilead, como en nuestra realidad, los cautiverios se mantienen siempre y cuando los creemos inevitables.
Gracias por llegar al final. ¿Ya leíste Los testamentos? ¿Qué te pareció el final de El cuento de la criada? ¿Imaginas cómo podría ser la adaptación futura? Te leo en los comentarios.
Bibliografía recomendada
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Atwood, Margaret. El cuento de la criada. Salamandra, 1985.
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Atwood, Margaret. Los testamentos. Salamandra, 2019.
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Lagarde y de los Ríos, Marcela. Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. UNAM, 1990. PDF
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Lagarde y de los Ríos, Marcela. Claves feministas para liderazgos entrañables. Horas y Horas, 2012.


