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Poemas y relatos

Las montañas se dibujan en el paisaje conforme avanza el bus sobre la carretera. Hay diminutas casas en las que de seguro, viven personas imperceptibles que caminan por vereditas que se borran en la memoria. Ella va escuchando música en modo random porque así el viaje es más entretenido. Elena prefiere escuchar el remix deItunes, en vez de los corridos y boleros que sintoniza el piloto del bus. Viaja sola y eso le encanta. Conversa con ella misma, lee algunos poemas y sueña despierta.

Faltan unos cuantos kilómetros para llegar a Quetzaltenango. Este año ha llegado a esta ciudad más veces que el resto de su vida entera. El ambiente frío la recibe con familiaridad y rápidamente se siente como en casa. Espera a que se baje la mayoría de pasajeros, toma su bolso y desciende para iniciar una visita exprés.

La calle la recibe con una corriente helada que la despeina antes de subirse al carro que la llevará al hostal. Ella le comenta a su amigo que esta no es la primera vez que visita Xela pero no ofrece más detalles. Luego de guardar sus cosas e instalarse en la habitación cuatro, sale junto a dos poetas para tomar un café.

Es extraño porque todo parece diferente de aquella ocasión en la que vino hace un mes para pasar unos días de vacaciones. Hoy hay alguien que la observa escondido detrás de cada ventana. Percibe un aroma familiar al doblar la esquina. A veces deja de participar en la conversación de sus compañeros. No puede evitar buscar ese ente que la escruta en una ciudad colonial paralela.

Por la noche leerá algunos poemas junto a otros jóvenes poetas que deambulan por la ciudad o afinan los últimos detalles de la velada. Elena trae consigo una libreta y una hoja con algunos textos seleccionados. Lo que ella no sabía era que también venía a pensar en él-ellos. A recordarlos todos.

Toma el micrófono para leer algunos versos. Poco a poco Elena relata de manera discreta la manera en que conoció a Joel y luego lo dejó ir. Ironías de la vida. La poeta que se refugia en las letras para olvidarlo, ahora se acuerda de él.

Hay una fiesta hipnótica que la captura durante algunas horas. Lorena se pierde en las animaciones reflejadas sobre la pared al ritmo de una música experimental. Loca. Alucinante. Luego recargan energías en algún bar para seguir bailando hasta que el cuerpo aguante. El suyo no mantuvo el paso de la jornada maratónica, pues debe partir muy temprano al día siguiente.

Cuando regresa a la habitación se despoja del traje de poeta. Se desmaquilla el rostro y se apresura para ir a dormir. No hay ninguna televisión en este cuarto. Si no fuera por ese detalle, juraría que es el mismo en el que ambos soñaron juntos. Hoy Lorena tiene una cama solo para ella. Se siente abrazada por una noción de fantasma. Hace algunas horas le preguntaron si ya había estado antes en este hotel. No supo mentir. Una sonrisa tímida antecedió al sí escueto.

La habitación es demasiado acogedora como para abandonarla a tan temprana hora. De hecho, cree que podría pasar todo el día sin salir e imaginar que se encuentra en una reserva natural. Pero debe cumplir con un compromiso en un lugar a cientos de kilómetros de distancia.

Mientras desayuna, procura saborear los últimos instantes que permanecerá en este lugar. Toma decenas de fotografías mentales antes de despedirse de nuevos y viejos amigos. Algunos engrosarán la lista de contactos agregados en facebook cuando se conecte. De eso no hay duda.

La visita exprés ha concluido. Elena aborda el bus de regreso a casa y observa las calles desde su sillón. Justamente ahora encuentra la razón por la que él se enamoró de este pueblo. Es una pena que haya sido demasiado tarde. Baja la mirada para continuar escribiendo algunas palabras en su libreta. Quizá cuando viaje de nuevo a Xela, Lorena pueda leer el poema que escribió cuando regresaba a la capital.

Hay veces en la vida en las que no te das cuenta que la corriente te lleva hacia una situación que te obligará a tomar decisiones. A poner cara seria, respirar profundo, darle play a la canción de Rocky y a entrarle con todo a lo que la vida te pone enfrente. Gozar cada subida y bajada. Todo el estrés, las peleas, las decepciones, las sesiones de lectura de poesía en la sala de la casa, las ilusiones creativas…
El jueves 10 de marzo por fin podré sentir un poco más livianos los hombros y decir meta superada. Aún no me creo que todo el proceso que empezó con reuniones inocentes en el Bar Central termine con la presentación de una antología literaria y un dvd.
Es imposible tomar todo y separarlo de la vida personal o la profesional. Muchas veces tuve que hacer malabares entre mis labores diarias en el periódico para salir corriendo a reunirme con jóvenes llenos de ansias por comerse al mundo. Al principio quizá construimos castillos de arena y queríamos hacer de todo. Los que lograban llegar a las reuniones aportaban sugerencias y de todos aprendí bastante. Muchos me inspiraron en sobremanera.
Luego estaba la universidad y el último año de clases en la licenciatura; el seminario; las respectivas reuniones de trabajo para hacer tareas… Hoy está la tesis. La vida sigue pasando y las etapas van evolucionando.
Cuando amanencí en Poesía Espiral era una mujer que creía estar soñando lo que estaba viviendo. Aterrizaba en una nueva perspectiva y afuera llovía. Tenía a unos chavos interesantes en la sala de su casa que eran examinados por dos señoras inspectoras de Adesca. Ahí estaban Gabriela Letona, Estuardo Mendoza, Manuel Tzoc, Telemind (Carlos Lucero y Juan Culebro). Todos hablaban sobre su poesía, sus videos y experiencia. A veces corríamos a la cocina para traer más café o azúcar. Pero esa era una excusa para intentar adivinar lo que las visitantes pensaban sobre nosotros. Ellas llenaban formularios y trataban de conocernos mientras muchos continuaban su rutina en la oficina. Esa fue la primer visita de evaluación que Adesca relizaba para determinar si el proyecto podría ser aprobado para recibir financiamiento del estado. El apoyo consistía en costear los gastos de impresión y publicación de un libro acompañado de un dvd.

«Un dos tres. Todo estará bien». Ese fue el mantra que repetí en esos primeros días, cuando de repente tienes que reconstruirte y encuentras un objetivo para aferrarte en ese nuevo ciclo. Un paso a la vez y un desafío a la vez se dice rápido. Pero ahora faltan 24 horas para llegar a un momento que deseaba siempre que me desesperaba. No es sencillo toparse con mentes algo cuadraditas o quejumbrosas chapadas a la antigua. Pero todo mejoraba cuando encontrábamos el soporte de personas que desde el primer momento creyeron en estos patojos.

Creo que la experiencia de coordinar el Proyecto Poesía Espiral y publicar Caleidoscopios Urbanos es algo que a todos los involucrados nos ha dejado lecciones valiosas. Conforme avanzó el tiempo todo se fue modificando y se sumó a la iniciativa Juan Pensamiento, que llevaba mil colores, energía, ideas. Gracias a él tenemos un relato conmovedor e ilustraciones muy urbanas que complementan los demás poemas. El resto de autores se integró después de algunas convocatorias o recomendaciones de amigos escritores. Las letras de Anna Cosenza, Numa Dávila, Andrea Grimaldi y Luis Villond completaron el paquete que teníamos con Gabriela Letona, Estuardo Mendoza, Pensamiento, Manuel Tzoc y yo.

La gestión cultural, editorial y audiovisual es algo que poco a poco aprendimos sobre la marcha. Creo que muchas cosas pudieron haber sido realizadas de una manera diferente pero ahora, ya estuvo. Estoy muy orgullosa y enamorada del resultado que presentaremos el 10. Quizá me pase de sentimental pero no importa.

Por eso le agradezco mucho a las personas que nos apoyaron:

Carmen Alvarado y Luis Méndez de Catafixia Editorial por su asesoria editorial.
Luis Villacinda por la chulada de portada
Carlos Salguero por la diagramación
Kathya Archila por la super postproducción audiovisual para el dvd
Telemind por las tomas visuales
Mafi por ayudarme con los procesos burocráticos contables
More y Mae por el apoyo moral
El Gordo por su apoyo en la presentación
Adesca
CREA porque lo llevarán a bibliotecas de Guate.
Familia
Etc.
Así que después de compartir mi sentimentalismo, los invito a que se den una vuelta el jueves 10 de marzo por la Alianza Francesa a las 7pm.
El libro Caleidoscopios Urbanos y el dvd El valle de la serpiente, que les comento con tanta ilusión y cariño estarán a la venta el día del evento.

En realidad, creo que el jueves sólo termina la primera parte de la experiencia caleidoscópica porque luego debemos mover el libro por todo el mundo.

El libro está disponible en Casa del libro, 5ta. Calle 5-18 Zona 1.

Pueden ver más información sobre el concepto Espiral y el libro Caleidoscopios Urbanos en el blog:
Entrevista en el canal 1850, programa Central Atómica
Nota en Magacín de Siglo 21
Nota en Prensa Libre


Pensé en llamarte. Quise acortar esta distancia y sonreír de una buena vez. Marqué tu número sin dudar. Todavía me lo sé de memoria aunque lo haya borrado de todos los implementos tecnológicos a mi alcance.

El aire se hizo escaso. Mi lado racional recapacitó justo cuando iba a completar los últimos dígitos. Le dio un jalón de pelo al corazón y colgué. Poco a poco todo volvió a girar. Mi pulso cobró su ritmo normal.

Fue en vano. Las excusas estaban demás. No pude contestarle a la cabeza qué diablos era lo que tenía que decirte. Entonces te mandé un «toque» en Facebook.


Intervenir tu espacio con burbujas.

Observarte desde la glicerina

y su
circunferencia perfecta.

Reflejarme en tu retina.

Solo eso quiero




Nota al pie del post:
Intenten quitarse la pena. Compren unas burbujas en la feria más cercana y luego caminen por el Centro Histórico o por cualquier calle. Soplen o dejen que el viento lo haga por ustedes. Sonrían.


Para W.C.

— Aló. Hola. ¿Podés salir?

— Creo que sí. Sólo tengo que terminar una tarea. Pero… Va. Le voy a decir a mi mamá que necesito unas hojas. De todas maneras, ya casi se me acaban las que tengo aquí. ¿Me pasas trayendo?

— Oralé. Paso por vos.

Las dos colgábamos el teléfono. Corríamos a cambiarnos el uniforme por una ropa adecuada y cómoda para salir a dar una vuelta. Le decíamos a mamá que fulanita quería ir a la librería. La mía siempre preguntaba que por qué no podías ir sola. Pero eso es algo que nunca pude contestarle. Quizá porque muy en el fondo sabía que a mis quince años, esa era sólo una excusa para salir por las tardes y conquistar una colonia más de Villa Nueva. Diez minutos después sonaba el timbre de la casa y esa era como la batiseñal para escabullirme con el dinero para comprar las hojas, láminas ilustrativas, cartulinas, plancha de duroport, lana… Mi mamá me designaba también como la compradora oficial del pan y eso ampliaba el recorrido.

En época de vacaciones todo era más fácil. ¿Te acordás de aquellas mañanas en que te sentías deportiva y las calles se convertían en circuitos ciclísticos? Siempre te acompañaba aunque nunca he sido fanática del deporte. A veces cambiábamos el horario y trasladábamos todo para la tarde. El viento frío de finales de octubre refrescaba las vueltas. Si teníamos suerte podíamos encontrar a nuestros respectivos amores platónicos en alguna cuadra cerca de la tienda. Muy pocas veces cambiamos la bicicleta por los patines o la patineta de tu hermano. La mayoría de ocasiones caminábamos toda la tarde contra el viento. Tu fragilidad y delicadeza eran tan encantadoras como divertidas. Pero desaparecían cuando corríamos para llegar a tiempo a casa antes de que nos regañaran por regresar a altas horas de la noche. Casi nunca lo lográbamos.

Darle la vuelta a la colonia entre chismes, pláticas existenciales y los flirteos con uno que otro chavo eran el pan de cada día. Fue así como conocimos al Pipirifláutico, Tete, Cara de pizza, el Bombero, el Chino y otros que no llegaron a tener sobrenombre. Al Pipirifláutico lo vi un par de veces hace cinco años cuando iba para la Universidad. Seguía igual de ñoño y ya no teníamos nada de que hablar.

¿Te acordás de cuando nos fuimos a ver lluvias de estrellas en el parque? Llevábamos unos ponchos para acostarnos en las gradas del parque. Los grillos interrumpían los cuchicheos. De repente, pegaste un grito que asustó a todos los presentes. Creíste haber visto un fantasma con botas amarillas. En realidad, eran de algún guardia que vigilaba el sector. Otras veces pasábamos por donde se apostaban los trovadores del barrio y los mirábamos de reojo. Nos invitaban a escuchar todo el repertorio del rock nacional. Que si te enseño a tocar guitarra, que música te gusta, que si cualquier cosa. Las lecciones se concretaron días después pero hoy ya casi no recuerdo cuáles eran los acordes. Hoy mi guitarra atesora el polvo y a ti nunca te interesaron los instrumentos musicales.

Cuando terminaban las vacaciones recurríamos de nuevo a los pretextos y compras en la librería. No nos unían los gustos por la misma música ni te gustaba leer. Odiábamos las canciones fresas pero nunca fuimos a un concierto juntas. Tampoco íbamos al cine pero sí a comprar ropa. Evitabas hablar de tu familia y preferías conversar sobre tus nuevos amigos en bachillerato.

Teníamos un apretón especial de manos con todo y coreografía que contrastaba mucho con la manera en que saludaba a mis amigas del colegio. Nuestro cariño era extraño. El tiempo siguió pasando y ya no había pretextos que valieran a la hora de ir a traer la cartulina o el pan. Tenía que estudiar para los exámenes finales y tú te juntabas con tus amigas del curso para ir a comer por ahí o hacer trabajos. Luego vino la graduación y no recuerdo por qué no llegué a la tuya o viceversa. No fuiste la primera en saber que había conocido a tal chavo en la Universidad y que luego resultamos siendo novios. Tu vivías tu historia personal con un vecino del que tampoco volví a saber nada. Creo que lo vi hace unos meses por un parqueo en la zona 1. No le hablé. El frio se colaba por la ventana, todavía no anochecía y no me sentía tan cómoda entre los carros que se amontonaban en esa calle tan angosta. Los celajes de fin de año me recordaron esas tardes en las que aún no sabíamos qué queríamos hacer “cuando fuéramos grandes”. Todo consistía en caminar arropadas con nuestros mejores sudaderos contra el frío y reírnos sin ninguna preocupación.

Hoy creo que no nos alejamos cuando me cambié de suburbio. Ese hilo invisible que me mantiene unida a otras amigas se debilitó contigo en algún momento..Si nos tomáramos un café quizá no tendríamos mucho de qué hablar.

Pero siempre te extraño cuando el viento me sopla en la cara y me dan ganas de ir a caminar por esta colonia vacía, que ni es mía.

En un día al revés cualquiera

la angustia ambulante

recorre gargantas secas.

Un nudo astilla la impotencia.

Gritos ahogados rozan las

caricias de una ansiedad que no cesa.

Fue en un día al revés que mi voz

se apagó cuando noté tu ausencia.

Hay mañanas en las que tu ausencia es más profunda.

Hoy me siento recorrida por tu fantasma. El calor de tus abrazos pasa desapercibido en la cola del banco. Intento distraerme para no pensarte. Entretenerme para no aguantarte. Los libros de bolsillo están hechos justo para estas emergencias pero olvidé el mío en el carro. Después de lamentarme el instinto me obliga a observar a una señora y su paraguas. A una nena y su tedio. Al abuelo y su mochila azul descosida. Busco una daga para el recuerdo. Un código alternativo para darle ctrl+alt+delete al corazón. Una voz femenina me indica que es mi turno para avanzar a la ventanilla siete.

Bajo el sol de medio día hay un señor que cayó de la cornisa. Al principio pensé que era algún bolito que había escogido ese punto como el idóneo para pasar la tarde. Pero conforme me acerco, me percato de que en realidad es un constructor que sufre horriblemente. Hay borbotones carmesí que fluyen a su alrededor sin parar.

Justo sobre esta misma banqueta caminamos juntos hace algunas semanas. ¿Te acordas? Me agarrabas de la mano y reíamos juntos. Pero ahora el albañil piensa en su esposa e implora ayuda. Lo que él no sabe es que cuando hay una emergencia los bomberos están en su hora de almuerzo. Trato de llamar a alguna ambulancia pero nadie contesta. Algunos peatones también detienen su marcha para observar o pedir ayuda. El reloj me indica que debo apresurarme para cumplir con una reunión-almuerzo.

Una silueta se dibuja en la silla a mi derecha. Saludo a tu espectro en el mismo restaurante donde nos encontramos antes de amarnos. Una mueca de sonrisa antecede al suspiro. Hoy tu ausencia visita mis poros. Es un día vacío y no te das cuenta.

Soundtrack. Una versión acústica.

«Ahora en esta hora inocente

yo y la que fui nos sentamos

en el umbral de mi mirada»

Alejandra Pizarnik




Hay momentos en la vida en los que una quisiera cerrar los ojos para volver a abrirlos en una escena diferente. Viajar. Cambiarnos el nombre, la profesión y la identidad. Todo esto para olvidar, volvernos a enamorar y sanar el corazón. Al igual que Alice en Closer o Elizabeth en My Blueberry Nights. Asumir una identidad diferente o simplemente viajar por el país para reconocernos en la distancia. Estas dos películas son algunas dentro del gran universo fílmico que tratan sobre este tema. Y es que el momento de recolectar nuestros pedacitos para guardarlos en la maleta es uno de los motivos más recurrentes para un guión de película. Es un instante más profundo que nos podría permitir el borrón y cuenta nueva. Para luego retomar la vida donde la dejamos, avanzar y volverse a enamorar. Sentir. Sonreír.

Hace algunos años acaricié esa fantasía. Mi vida alternativa sería en algún pueblo alrededor del lago de Atitlán donde me quedaría trabajando y reconstruiría una identidad. El inglés lo hablo con fluidez y el italiano lo mastico un poco. Así que en el área lingüística estaba cubierta. Lo único que me faltaba era un plan específico. En esas semanas justamente acababa de ver My Blueberry Nights y el soundtrack de Closer me acompañó en algunas caminatas por el Centro Histórico. Debo decir que han sido los paseos más intensos que he dado absorta en mis pensamientos.
Si bien no podía ser una mesera en algún pueblo lejano, si pude tomar una camioneta en Periroosvelt para largarme al menos por unos días. Lo decidí de un día para otro cuando observaba la antigua Sexta Avenida desde el segundo nivel de un restaurante.
Estaba sola. SO-LA. SI. Llena de soledad. SI. Hecha pedacitos. SI. ¿Pero y qué? Así que llegué a mi casa para guardar un poco de ropa. Le notifiqué a mis padres que me ausentaría unos días porque abordaría el bus en las siguientes 12 horas. Me sorprendió su comprensión y que no indagaran más acerca de mi pequeña escapada. «Que se vaya» fueron las palabras que mi papá le dijo a mi mamá mientras seguían viendo tele y yo salía de la habitación. Mi misión era encontrarle sentido a la pregunta encerrada en esos signos de interrogación.




Iba acompañada de una de mis mejores amigas y unas Pringles que me regaló mi mamá jaja. La compañía crispy y risueña hizo más llevadero el viaje improvisado en el que aún no tenía un lugar donde pernoctar. Cuando mi amiga se durmió me dediqué a estudiar a los demás pasajeros y sus posibles historias. La armónica seriedad de un señor me llamó mucho la atención.
Llegamos a las seis de la tarde y después de comprar algo en la Santander, corrimos para alcanzar la última lancha que nos llevaría a San Marcos La Laguna. Cruzamos el lago bajo una fuerte lluvia y los amantes de la adrenalina lo hubieran disfrutado. Pero yo estaba distraída o mas bien hipnotizada en el cielo negro. Luego caminamos por un pueblo que a esas alturas de la noche lucía desierto y pasamos por la casa de unos amigos del jefe de mi amiga. La escena era como una versión bizarra de la Fiesta del té de Carroll protagonizada por unos argentinos, vegetarianos/orgánicos sin ningún mueble. No estaba en un ánimo tan aventurero y experimental, por lo que pregunté si no había otro lugar en el que me pudiera quedar.

Mi paréntesis tuvo una duración de tres días, que estuvieron llenos de caminatas por el pueblo bajo una perenne llovizna y un delicioso frío. Podía pasar horas contemplando el lago y escribiendo. Aceptando. Perdonando. Comprendiendo. Molestándome de nuevo y así sucesivamente.
Tembló en una de las tantas ocasiones en las que yo estaba sentada en un pequeño mirador abandonado. Los niños que jugaban en la orilla del lago ni se inmutaron. En ese instante imaginé como mis hojas llenas de garabatos flotaban por la ladera, pues si la intensidad del temblor aumentaba podría derrumbarse todo. Mi mente paranoica no tuvo la razón y todo continuó con tranquilidad.

Poco a poco pasó el tiempo entre música, el muelle, yoga improvisado a las 10 pm, malabares furtivos, conversaciones dispersas, natación madrugadora y algún otro detalle por ahí. Mis ojos trataban de devorar todas las estampas posibles desde un comedor donde unos gatos amenazaban con robarse mi comida. Mi amiga debía trabajar en unas charlas educativas y por eso estuve sola la mayor parte del tiempo. Esos instantes de compañía unipersonal resultaron ser más reconfortantes de lo que pude imaginar.

Quizá no pude recolectar todas las piezas del rompecabezas en esos días. Pero al menos encontré algunas que me ayudaron a seguir ordenando mi paisaje. Inspiración para ver todo desde perspectivas diferentes.
Elizabeth recorrió Estados Unidos para dar una vuelta más grande antes de llegar al otro lado de la calle. Alice cruzó el mundo para asumir otra identidad pero nunca se aceptó y tal vez por eso mintió sobre quien era en realidad…
Yo también quería tener un fresh start pero sin esconderme. Sacudir esa pizarra mágica para borrar el dibujo antiguo y empezar uno nuevo. Devorar los paisajes fugaces en la autopista y saborear aquellos que me observaban bajo la luz de la luna. Lo logré y aprendí. Tomé lo bueno y lo guardé en una caja pequeñita. Asimismo, deseché lo negativo para evitar regresar a esos callejones oscuros que a veces nos atrapan.

La vida pasa. Es cuestión de tomar cada etapa y enfrentarla. Embrace it. Se lee fácil y quizá es aún más increíble cuando se intenta practicar. Pero después de soñar despierta con vidas paralelas puede ser que lo próximo que veas sea una nueva calle. Esta vez podrás cruzar sin dar tanto rodeo porque automáticamente sabrás que ahí es donde querés estar. El detalle está en que quien te espera del otro lado de la calle sea quien tu quieras y que además también esté en la misma disposición. Coincidir. ¿Coincidir? Esa es otra historia.

El soundtrack de este post es una canción que ha alimentado esa fantasía. La escuché en la carretera a Xela una vez y me llenó tanto… Boston de Augustana


Hay una penumbra que envuelve nuestros rostros desde hace varios minutos. Es la tercera vez que me preguntas la razón por la que te veo de esta manera. Inquieres el motivo por el que mis ojos tratan de vencer a la oscuridad para escrutar los tuyos. Alzo mis hombros desganados para contestarte que no lo sé. Pero ellos continúan examinando cada gesto y rescatando los guiños perdidos.

Alguien toma una polaroid mental etiquetada con nostalgia, la cual guardará tu sonrisa en la carpeta Ayer. Te observo en la distancia aunque estemos en el mismo metro cuadrado. Que por qué te miro de esta manera. Que por qué mis párpados parecen pesar más de lo habitual. Quizá es porque esconden con recelo unas lágrimas discretas e imprudentes. Sin quererlo, ellas reflejan los últimos instantes que pasamos frente a frente.

La antesala del final transcurre en cámara lenta. Es el momento en que ya todo está dicho. Las cartas lucen abandonadas sobre la mesa porque no queremos verlas. Los hilos de aquella hebra dorada que nos unía se revientan. ¿La escuchaste? Más allá de la música y los brindis de la mesa de al lado. Abajo. El click es casi imperceptible pero yo sí pude sentirlo.

Difuso. Ahora tu imagen luce borrosa con tonalidades sepia. Respiro profundamente y empiezo a desalojar los rincones que no volveré a recorrer. Armada de una vaga certeza me alejo de esos brazos que ya no completarán los míos para resguardarnos. Coloco un tierno y frágil beso en los labios que no probaré. Te dedico esta última caricia para detener tu suave tacto. Ese que me gustó tanto desde la primera vez que me agarraste la mano. Suspirar está de más.

Te veo así porque me estoy despidiendo sin que nos demos cuenta.

Soundtrack


And suddenly it hits her…

La certeza nunca había sido tan contundente
el contorno se delinea sin errores

no debería ser muy difícil encontrar
una trascendencia diaria
si te tengo junto a mi…
Suelta el lapicero
para observar como quien busca un detalle.
Ahí está…
Sonríe al reconocer su silueta entre las sombras de la habitación
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