El amanecer es la hora en la que nada respira, la hora del silencio: todo está quieto, sólo se mueve la luz.
Con esta frase de Leonora Carrington, reflexiono sobre la lectura de El citatorio Real. Un cuento capaz de desdoblarse y salirse del libro mismo para internarse en quien le ha leído.
Adentrarse por los relatos de Leonora es ir oscilando entre la inocencia típica de la infancia y el tinte macabro de la fantasía. La narración poética describe lo cotidiano entremezclándose con el surrealismo, sin añadirle más de lo necesario.
Estamos frente a una niña / adolescente a quien se le indica que debe matar a una reina. Un destino solamente comparable con el de las infancias en los barrios marginales plagados por las pandillas que cazan miembros cada vez más jóvenes para sumarlos a sus filas.
Por momentos, pareciera estar frente a una versión alterna a Alicia a través del espejo de Lewis Carroll. La niña de Leonora también es una pequeña que sale al encuentro de una reina que, ciertamente, ha perdido la cabeza y, además, ha osado a perder una partida de damas.
La encargada de impartir este castigo será una niña, pues los adultos no tienen el valor de cometer el crimen. En cambio, ella sí es capaz de cumplir con esta misión y taraear una canción infantil al mismo tiempo.
Hoy otro contingente de
hormigas intentó entrar a la cocina. Parece que se cuelan por la ventana del baño y desde ahí desfilan hasta la sala para encontrar alguna miga
que puedan robar. Como no pienso darles tregua, me coloco en posición de ataque y, tal y como lo hace el papá de Mafalda en las viñetas de Quino, trato de ubicar el punto exacto al que se dirigen.
Es así como llego a la mitad de la
segunda semana en mi nuevo apartamento. Vivo entre bolsas con ropa que no he
colgado, un banco que sirve a veces de taburete y otras de sillón, hormigas que
se cuelan por donde pueden y una soledad que empiezo a conquistar. Todavía no he
traído mis libros y la mitad de mi clóset está en la casa de mis papás.
Empecé esta aventura como
parte de un impulso que se gestó poco a poco desde hace un par de años, pero no
fue sino hasta julio de 2015, cuando decidí agarrar aviada y buscar un lugar
al que pudiera mudarme. No me he detenido a analizar todo el proceso pero estoy
segura de que no tiene nada de trascendental porque no seré la primera ni la
última mujer en hacer esto. Vamos, hasta creo que ya voy tarde porque en otros
países salir de casa es un hecho común y corriente que se realiza a partir de
los 18 años aproximadamente. Sin embargo, a juzgar por las reacciones y comentarios que
he recibido, pareciera que el gesto de lanzarse a la independencia, también tiene
algo de transgresor y liberador.
Tampoco quiero engañarme con que
todo será perfecto porque en poco menos de dos semanas he tenido
que lidiar con contratiempos que parecen enviados por la Ley de Murphy. Lo
que sí quiero hacer, es aprovechar este momento para aterrizar algunas ideas que han cruzado por mi mente cuando observo el nuevo vecindario desde la terraza. Por momentos, siento como si estoy acercándome a la orilla de un gran espejo
en el que empiezo a reconocerme. Todavía me cuesta creer que esta nueva etapa
ha comenzado.
Me estoy empujando a mí
misma hacia un espacio en el que, como ya lo dijo Virginia Woolf en Una Habitación Propia, pueda tener la libertad de pensar las cosas en sí mismas para sacar mis conclusiones. Sus palabras dialogan conmigo por las mañanas mientras desayuno y reflexiono con ella. La autora lanza preguntas al aire como: ¿Es
este libro bueno o malo? ¿Estoy o no estoy de acuerdo con esta idea política?
¿Es bonita o fea esta obra de arte?
La idea principal del ensayo
de Woolf se basa en que las mujeres necesitan independencia económica y
personal para escribir buenas novelas. Esa es la excusa para reflexionar sobre la literatura, las mujeres y el contexto social en el que les
ha tocado desenvolverse. Pues bien, yo tengo cierta independencia económica y
estoy arrendando una habitación propia. Me falta más disciplina para escribir y
compaginar la maestría con el trabajo.
Aunque, pensándolo mejor,
Woolf no solo habla acerca del oficio de escribir. El ensayo también se puede aplicar
a otras áreas en las que las mujeres debiéramos estarnos desarrollando. En el
segundo capítulo del libro ella menciona que todo puede suceder cuando la feminidad ya no
sea una ocupación protegida. A diferencia de la época en la que escribió
el ensayo, ahora hay más mujeres realizando oficios que no necesariamente tienen relación con el hogar. Sin
embargo, todavía queda mucho por hacer y faltan más mujeres en puestos clave
de dirección empresarial o políticos.
Tenía esa reflexión en mente cuando me topé con una entrevista que le hicieron a la cantante franco-británica Lou Doillon, en
la que ella comentaba que los hombres con quienes está
produciendo su próximo disco no dudan en pedirle un café o té de forma
instintiva pero que, en cambio, cuando se trata de encontrar una solución
técnica o un problema de producción, le hacen bastante menos caso. Se trata de
micro machismos cotidianos con los que todas hemos de haber lidiado más de
alguna vez y aunque hay cierta independencia, el tramo por recorrer todavía es bastante largo. Más adelante ella comenta:
Diría
que mi generación es la primera realmente liberada. Soy la primera que puede
echar a un tío a la calle, porque tengo un sueldo propio, una casa a mi nombre
y el derecho a criar sola a mi hijo.
Quiero resaltar esa declaración porque creo que también puede relacionarse con la idea que Woolf desarrolla en el ensayo
publicado en 1929 y desde ahí Doillontambién cuestiona a artistas como
Beyonce por cantar canciones escritas por hombres y que responden a una
fantasía masculina. Tal vez la conexión que quise hacer entre la entrevista a la cantante y lo que Woolf proponía el siglo pasado es algo jalada, pero también resulta curioso que aún con el paso de 86 años, las mujeres sigamos encontrándonos con micro machismos, reflexionando sobre nuestra soledad y reclamando más espacios claves en la vida pública.
No he terminado de leer el
ensayo pero me atrevo a decir que quizá esa habitación propia no sea solo el lugar
físico en el que uno puede recluirse para crear. Lo que falta es que haya más
mujeres cuestionando todo lo que está a su alrededor para encontrar respuestas
propias. Que esa habitación propia represente el proceso de conocimiento personal
para empoderarse cada día con victorias alcanzadas en todos los espacios donde nos desenvolvamos. Mientras tanto, espero con entusiasmo y nerviosismo las semanas que faltan por venir. Creo que las hormigas seguirán visitándome pero estaré preparada para no darles tregua, ya aprendí a reconocer cuando el tambo de gas está vacío o el regulador no funciona y este espacio será cada vez más mío. Poco a poco seguiré construyendo mi habitación propia y seguiré descifrando la imagen que comienza a asomarse por el espejo.
Pd. Les dejo una de las viñetas del papá de Mafalda y las hormigas 😉
Crédito de la imagen de inicio. https://www.etsy.com/listing/61839897/little-houses-2-9-x-12-print
«Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya,
para creer que se puede cambiar algo en este país,
para creer que a la gente le interesa cambiar algo».
El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador
de Horacio Castellanos Moya
¿Has sentido que hay momentos en los que se agotan las fuerzas para permanecer? Volteas a ver a tu alrededor y todo parece tan distante, tan impersonal. Te cansas de buscar el encanto y de justificar las razones para llegar puntual al trabajo. Optas por dejar de leer el periódico para intentar convencerte de que todos los esfuerzos valen la pena. Hay días como el del viernes 29 de agosto en el que ese desencanto amanece más intenso. No sé si fue coincidencia haber empezado a leer la novela El Asco (1997) escrita por Horacio Castellanos Moya, justo después de haber atravesado el día con ese malestar, pero mis cuestionamientos encontraron eco en esta lectura.
Hoy es 12 de septiembre y el fervor patrio insiste en congestionar el tránsito al ritmo de las antorchas que empiezan a recorrer Guatemala. Hace un año sentí ganas de llorar al observar a los estudiantes corriendo por las calles. Tan inocentes, tan cansados, tan corriendo con el corazón en la boca y la noción de patria sin terminar de construirse en su imaginario. Creo que este 2014 no tengo mucha cabeza para reflexionar en el tema y solo quiero decir que para mí es más patriótico cuestionar esos valores y no correr sin ton ni razón por la ciudad. Ando con unas ganas desilusionadas de largarme y a la vez reflexiono sobre la permanencia y el exilio.
Regreso entonces a El Asco y sin querer, me contagio del desgano plasmado en cada una de las páginas. Las estampas que retrata bien podrían ser tan guatemaltecas como salvadoreñas. El protagonista es Edgardo Vega, quien se reunió con Moya en el bar La Lumbre para decirle todo lo que piensa acerca de la inmundicia que encontró al retornar a su país y comprobar que el contexto no ha mejorado. Vega regresa a San Salvador después de vivir dieciocho años en Montreal para enterrar a su madre y ver a su antigua patria desde la perspectiva de la distancia, el cinismo y el desencanto.
Al igual que Vega, cuando asegura que le parecía cruel e inhumano que habiendo tantos lugares en el planeta, a él le hubiera tocado nacer en ese sitio, yo ya había dedicado algunos minutos a ese mismo razonamiento. Lo pensé un viernes por la mañana cuando sostenía una taza de café entre mis manos y observaba los edificios cercanos a la oficina. Trataba de encontrarle alguna explicación a la manera en la que el designio divino conspiró para que nos tocara venir a nacer en el trópico alucinado. En el micropaís donde se sobrevive a cada segundo.
En las páginas también se percibe un
duro cuestionamiento del autor hacia la construcción de la nacionalidad y todos
los elementos que se integran para formar la identidad salvadoreña. Uno de los
señalamientos más recurrentes es la ferviente y ciega devoción con la que
defienden la cerveza Pilsener, la cual es considerada por sus connacionales
como la mejor bebida del mundo. Los símbolos gastronómicos
también son criticados y es que ¿acaso nuestra nacionalidad se queda nada más en defender un litro de Gallo, Cabro o Pílsener? ¿Tostadas, rellenitos, tamales?
El señalamiento no se queda en la superficie, pues
poco a poco el autor va profundizando en aspectos relacionados con la
ideología, la educación y la inseguridad en el país. Debido a la similitud de
ambos países, es inevitable avanzar en la lectura sin empezar a contagiarse de
esa vomitiva repulsión que predomina en cada página.
Así que ahí estaba yo: leyendo El Asco y devorando cada palabra con la misma repulsión que sentía Vega, hasta que llegué a la parte en la que el personaje se voltea hacia su interlocutor para echarle en cara su ingenuidad. Le pedía que no perdiera el tiempo porque resulta imposible que su país produzca escritores de calidad. Sobre todo en un lugar donde a nadie le interesa la literatura, el arte o cualquier manifestación creativa. Es una dura pedrada que viene de parte de alguien que reniega de su identidad hasta el punto de tramitar un pasaporte diferente y cambiarse de nombre. Toda su nueva idiosincrasia está construida alrededor de Thomas Bernhard, un nombre que tomó de un escritor austriaco al que admira.
Puedo sentir la horma apretada de los zapatos del que decide apagar el televisor y dejar todo para irse a otro país. Las dos caras de la moneda traen consigo cierta dificultad porque por un lado está el destierro voluntario y la nostalgia pero en la otra esquina está la lucha de quienes permanecen entre la debacle y se aferran a una mínima esperanza. Una persistencia que ante los ojos de Vega se transforma en locura:
“Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, para creer que se puede cambiar algo en este país, para creer que a la gente le interesa cambiar algo. Todo es una alucinación, Moya, enténdelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de este país: aquí te vas a pudrir”. (Castellanos Moya 2007: p. 80)
En este punto me hubiera gustado interrumpir a Vega porque está a punto de darme con el dedo en la yaga. Pienso en la forma con la que podría responderle y viene a mi mente el poema de Maurice Echeverría Aquí está el milagro, que podría ser una especie de manifiesto para
los que eligen quedarse o no pueden largarse:
Me pude haber ido
de este país,
escribir
en otra parte,
pero,
como yo lo veo,
la dignidad
estaba en quedarse
de pie
en este cráneo inacabable,
en este liso espanto,
larga canícula
de espinas.
Aquí es.
Aquí está el milagro…
Hay un conflicto interno que crece cada vez más porque aunque sienta estas ganas desesperadas de irme corriendo a abrazar a mi amigo en otro país, también siento los lazos que me unen a Guatemala. Vega es un autoexiliado que prefirió largarse. Tramitó un pasaporte canadiense para construir alrededor de
ese documento una nueva identidad que lo rescatara del trópico salvaje. De ahí
que pierda aún más la cordura cuando creyó que estaba a punto de quedarse
varado en su pesadilla al perder el documento: “El terror se apodero de mí,
Moya, el terror puro y estremecedor: me vi atrapado en esta ciudad para
siempre, sin poder regresar a Montreal, me vi de nuevo convertido en un
salvadoreño que no tiene otra opción de vegetar en esta inmundicia” (Castellanos Moya 2007:p. 120).
La desesperación se patentó en su rostro y obligó a
su hermano a que lo ayudara a buscar ese pedacito de tierra canadiense que lo
salvaría de la decepción, la inseguridad, la incoherencia ideológica y el
atraso que significaba El Salvador para él. A todos nos gustaría tener
ese salvavidas que nos rescate del caos de ciudad que nos heredó la historia.
Sin embargo, no todos tenemos la oportunidad de reinventarnos y negar nuestras
raíces, que al final resulta más cobarde que el permanecer al pie del cañón o
asumir el exilio desde una actitud distinta. Reconocerse en el otro pero sin
anular la identidad original.
Ahora mi asco se va transformando en un poco de empatía y lástima por ese personaje
delirante que vive en un mundo construido sobre ilusiones. Pienso en asumir mi patria. Vivir con ella y llevarla conmigo si en algún momento parto hacia otra frontera. Más allá de celebraciones torpes y alcoholizadas, se necesita un terremoto simbólico que nos cuestione el fundamento de nuestra nación y nos lleve a reflexionar sobre la identidad. Urge sanar heridas históricas en este fragmento de tierra donde se sobrevive cada día y donde una enorme mancha gris empieza a colocarse sobre los muchachos que corren ilusionados detrás de una antorcha. Las banderas luchan por hondear libres al viento y ruge la lluvia que está a punto de derrumbarse sobre nosotros.
*Esta es una adaptación de un ensayo que acabo de entregar como parte del Seminario sobre literatura de América Central.
Son las nueve de la mañana y voy camino al trabajo. Pasé por algunas cuadras en las que las bandas escolares desfilaban muy emocionadas al ritmo marcado por las batonistas y sus dirigentes. Luego avancé hacia el Obelisco y por aquí he estado desde hace algunos minutos. La cola no se mueve y del otro lado del bulevar pasan varios jóvenes corriendo detrás de antorchas que llevan el fuego patrio. Reconozco que me dan ganas de llorar al verlos correr con tanto entusiasmo. Ahí van con el amor patrio quemándose en segundos. Pasan como pequeñas estelas de ilusión con destino a cualquier pueblo de Guatemala.
La cola continúa avanzando y detecto a algunos adultos que también van corriendo con su antorcha. Posibles oficinistas que tuvieron un día sin rutina al apuntarse en la caravana de la antorcha. Los gorgoritos se multiplican y se diluyen entre las bocinas de los conductores que vamos tarde a la oficina.
Mi pensamiento regresa a los jóvenes que van corriendo por las carreteras del país. Probablemente no tengan mayor espíritu cívico y en algunos años deberán toparse con la realidad laboral de Guatemala. Comprenderán por qué es que el dinero no alcanza en casa y de seguro evitarán involucrarse en proyectos cívicos democráticos. Cada cuatro años votarán por los mismos políticos de siempre; los más populistas o los que mejor propaganda realicen en la cuadra. Muchos de ellos serán de esos que se rigen por la cultura del «vivo» y no respetan a los demás al doblar las leyes a su antojo. Quizá compren cosas robadas porque les sale más barato. No estarán acostumbrados a leer y muy pocos ganarán el examen de admisión en la universidad.
La sombra de la realidad me conmovió aun más. Demasiada ternura junta en un puñado de muchachos que van corriendo detrás de una antorcha bajo la lluvia. Sí, ya empezó a llover y la cola no se mueve. Demasiado querer soñar con que todavía es posible hacer algo y que los extremos fatalistas no nos llevan a ningún lado. ¿Y qué pasa con los adultos que ahora van con su respectivo fuego patrio? Será que ellos sí son ciudadanos Clase A y no se dejan llevar por las excusas de la «hora chapina», evitan colarse en el tránsito sin pedir vía y no piensan en saltarse alguna que otra ley para obtener un beneficio.
Trato de no enojarme mientras estoy estancada. Al fin y al cabo, vivo en un país con este tipo de tradiciones y yo escojo cómo quiero pasar mi día. Contengo las lágrimas y trato de soñar con que estos muchachos son la esperanza. Que la educación que están recibiendo va a ser la adecuada. Que los guatemaltecos podemos involucrarnos y hacer bien nuestro trabajo. Que el amor a nuestro país no solo se traduce en correr con la antorcha o memorizar el himno nacional. Que la hora chapina será solo un mito. Que ningún conductor se las llevará de listo y se colará más adelante, ocasionando más congestionamiento por su abusivez. Que podré llegar al semáforo sin miedo a los motoristas, a ser asaltada o a no regresar a casa. Que las cifras de violencia disminuirán y los diputados trabajarán.
Regreso a mi realidad. Lo que sí puedo hacer es llegar a tiempo a mi trabajo y mandar los documentos que debo concluir hoy para que se impriman las revistas. Cumplir con mi trabajo e incidir en el metro cuadrado. Me alejo del Obelisco y llego al parqueo. Los gorgoritos son un murmullo y las bocinas se escuchan a lo lejos. Ahora me esconderé en un cubículo y esperaré que por la tarde el regreso a casa no sea tan pesado.
¿Quién dijo miedo? Este pasatiempo no es apto para cardíacos ni para los temerosos de las alturas. Desplazarse a través de cables de acero es algo que se dice fácil, pero que requiere valor para dar el paso y avanzar hacia el vacío. Bastan unos segundos para respirar profundo, colocarse en la posición adecuada e impulsar el cuerpo para llegar al otro extremo del tiro. Trata de no cerrar los ojos para no perderte ni un detalle del paseo, pues la emoción solo dura unos segundos. Si pestañeas en el camino, perdiste.
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de practicar este deporte extremo y no me arrepiento. Debo confesar que sentí un poco de miedo porque recordaba mi anterior experiencia en Puenting y no fue muy agradable. Pero ambos deportes son diametralmente distintos entre sí.
Un tour de canopy es un paseo extremo por los árboles de un bosque o selva, mediante puentes colgantes, tirolesas, escalerillas y numerosas instalaciones que hacen de estos paseos una forma divertida, emocionante y segura de convivir con la naturaleza. También se le conoce como Tirolesa y está compuesta por una cuerda o cable de tensión en el que las personas se desplazan por medio de una polea. Los usuarios están sujetos a un arnés de cintura.
El puenting, en cambio, es un salto al vacío que ahora lo comparo con un suicidio o estar cerca a esos instantes. No me malentiendan, si hay algún lector que ame el puenting, está bien. Pero para mi, los segundos posteriores al salto y en los que la cuerda no te jala fueron eternos. Mi mente me engañó. Parecía que me acababa de tirar a la nada y ya no había vuelta atrás, ni nadie que me detuviera.
Justo cuando estaba arrepentidisima por haberme tirado, la cuerda dijo presente y ahora solo quedaba columpiarme de forma parabólica sobre la copa de los árboles que están en el barranco bajo el puente La Asunción, zona 5. Así fue en mi caso. Esta última parte fue la única que gocé pero llegué a la conclusión de que no vale la pena cuando el instinto de supervivencia ni te permite tirarte. A mi me debieron empujar. Me engañaron porque no me dejaron llegar al 3, sino que me aventaron cuando apenas iban por el 2. El aire se me atragantó en la garganta y no podía gritar ni nada. Más adelante, meditando sobre la experiencia, pedí perdón por haberme puesto en una situación como esa.
Pero regresando al Canopy, quiero añadir en este breve post que recomiendo la experiencia cuando se realiza en lugares con una infraestructura segura. La vida es un don tan chilero que no vale la pena andarla arriesgando solo porque sí. Los vídeos son del canopy que recién inauguraron en las instalaciones de Santo Domingo del Cerro. En Circo del aire hay dos circuitos. El corto se conforma por ocho tiros y el largo consta de 12 lanzamientos. Al final del viaje me entregaron un arbolito para que sembrarlo en casa o donarlo a Hotel Casa Santo Domingo para reforestar áreas verdes. Yo me lo llevé a casa.
Los horarios son de martes a domingo, de 9 a 16 horas. Por si se lo preguntan, las tarifas van desde US$25 en el recorrido corto y U$S35 por el de 12 tiros. Ahora bien, si son demasiado quisquillosos, pueden preguntarle a los dueños si su establecimiento sigue la normativa técnica (188-002). De acuerdo con la Asociación de Canopy de Guatemala, esta norma es importante para regular su funcionamiento, mantenimiento y operatividad.
En nuestro país hay varias opciones para practicarlo. Si no quieres irte muy lejos, puedes probar en Cayalá, zona 16, o en Xpark, zona 13. En Antigua Guatemala puedes encontrar la adrenalina en Finca Filadelfia. El Parque Nacional Calderas, a pocos minutos de las faldas del volcán Pacaya, también es una buena opción para hacer un poco de turismo interno.
Recuerda vestir ropa cómoda con un pantalón corto o largo, una camiseta, zapatos deportivos. Evita los tacones y el calzado que pueda salir volando por los aires. En época de lluvias utiliza una capa impermeable. Porta contigo una bolsa para la cámara, una mochila pequeña o una bolsa canguro para que puedas usar tus manos en todo momento. Lleva el pelo recogido para que no se enrede cuando estés practicando el Canopy.
El primer vídeo del post fue grabado por Nelo (¡Gracias!) y este otro lo tomé yo con una aplicación del celular.
«Conocer la verdad duele, pero es sin duda una acción altamente saludable y liberadora. Mientras no se sepa la verdad, las heridas del pasado continuarán abiertas y sin cicatrizar», Monseñor Juan José Gerardi.
Tenía 11 años cuando Monseñor Gerardi fue asesinado. Yo era una niña que estaba ilusionada por salir en una obra del teatro que estrenaríamos en el colegio por el día del maestro. Es curioso pero me recuerdo de ese día porque ya no pudimos llevar a cabo la obra. Las clases se suspendieron y las alumnas de diversificado fueron convocadas para llegar al funeral.
No comprendí nada hasta algunos años después, cuando en las clases de catequesis las madres del colegio La Asunción nos empezaron a repartir unas fotocopias. Se trataba del Informe Remhi: Guatemala Nunca Más, publicado por la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala. Todavía recuerdo lo impactante de esas sesiones, en las que leíamos con la boca abierta todos los testimonios recopilados e incluso lloramos al imaginar lo que las niñas de nuestra edad pudieron haber sentido. Otros días las catequistas alternaban las lecturas con documentales sobre la vida de Monseñor Gerardi y fue así como empecé a conocerlo. Cada 26 de abril visitábamos la capilla de la Parroquia San Sebastián y también fuimos a las catacumbas donde estaba enterrado. Estoy segura que fue así como nos empezó a crecer la conciencia social e histórica. Puesto que el tema está vedado en el pénsum oficial de Estudios Sociales, esos cuatro tomos del Remhi eran lo único que nos conectaba al pasado.
Esos testimonios fueron el detonante de mis primeros relatos. Ahora que lo pienso, creo que eran reproducciones de los testimonios. Imaginaba posibles situaciones familiares en las que un abuelo se separaba de su nieto en el medio de la montaña. No podía comprender cómo un ser humano podía hacerle tanto daño a otra persona, y de forma sistemática. Luego vino la indignación por el crimen. La impunidad. Las telarañas de justicia en una serie de hipótesis que acusaban hasta a un perro.
Empecé a escribir este post el viernes, cuando se cumplieron 15 años de ese asesinato, el oscuro fin de una vida entregada al servicio de la población que no tenía voz. Un ejemplo de lucha por la verdad. Su vida, al igual que la de Monseñor Romero en El Salvador, me inspiran a luchar por la verdad y apostarle a la paz. Aun cuando todo pareciera estar derrumbándose, ellos seguían adelante. Sin desanimarse, tal y como lo indica esta homilía de Romero:
Si ustedes han escuchado que Panamá es como el Miami de Latinoamérica, déjenme contarles que esa aseveración no está lejos de la verdad.
Hace un fin de semana dejé en pausa mi rutina en Guatemala para recibir con brazos abiertos la oportunidad de viajar hacia Panamá. El boleto llegó a mis manos gracias a una asignación laboral, por lo que me encontré ante una situación que no podía dejar pasar. Al recibir la asignación debí documentar todo el recorrido y escribir un artículo al respecto. La publicación salió publicada en la edición del 27 de mayo de la revista dominical Magacín, de Siglo 21. La crónica completa de la visita pueden leerla en este link: Artículo Siglo 21.
Panamá forma un eslabón que integra América Central con América del Sur; por lo que no es de extrañar encontrarse con venezolanos, argentinos, colombianos, estadounidenses, dominicanos o centroamericanos en el mismo hotel. La capital se encuentra en la costa del Pacífico, desde donde se alza frente al viajero, luciendo imponentes edificios que contrastan con los suburbios y áreas residenciales. Al viajar a este país deberá incluir en su maleta ropa fresca y una sombrilla, puesto que la temperatura promedio es de 27º y la temporada lluviosa abarca la mayor parte del año.
El día que llegué estaba lloviendo en la ciudad y el sol no se asomaba por ningún rincón. La primera impresión fue la de una ciudad gris, pues los grandes ventanales de los edificios reflejaban los nubarrones. Era un viernes por la tarde y la hora pico estaba empezando. Después de resolver algunos papeleos burocráticos en el hotel, me dispuse a trabajar y conocer los lugares que el itinerario tenía preparados para nuestra visita. Los recorridos fueron muy bonitos y pude conocer de cerca algunos hoteles dirigidos a jóvenes empresarios. Lo que me llamó poderosamente la atención fue el contraste que había entre la zona hotelera y el resto de la ciudad. El casco histórico está en reconstrucción y la mayoría de edificaciones es del estilo antiguo. Con mucha influencia estadounidense pero clásica. Imaginen las casas del sur de Estados Unidos con grandes balcones y coloquenlas en una época panameña. También hay varios edificios de apartamentos más sencillos y con la pintura descascarada. A ninguno le falta el aire acondicionado o la ropa tendida en los balcones. Imagino que varios de quienes trabajan en los grandes hoteles han de vivir en estos edificios en los suburbios, que dicho sea de paso, son similares a las colonias chapinas.
En el itinerario se había destinado una tarde entera para ir de compras. Ya había escuchado que Panamá es el mejor lugar para ir a comprar y obtener artículos a precios increíbles. Así que la última parada fue en un centro comercial con decenas de tiendas de marcas internacionales y otros almacenes más sencillos pero en los que abundaban extranjeros comprando ropa al costo o accesorios a $2.99. No voy a negar que me gusta comprar. Pero creo si fuera comerciante quizá me hubiera emocionado más ir a encontrar esas gangas en el Mall. Después de dos horas en el lugar, ya me sentía un poco desesperada y aburrida. Había demasiada gente en todos los lugares y me di cuenta que en realidad, no necesitaba nada de lo que ahí me ofrecían. Reduje mi lista de intereses a tres objetos que tenía la intención de comprar en mi país pero como los vi más baratos ahí, los compré. Después decidí caminar hacia la puerta y esperar a la persona que nos llevaría de regreso al hotel. Recordé que aquí en Guatemala los centros comerciales también se llenan hasta su máxima capacidad durante un fin de semana. Son ese escondite urbano para soñar con otras vidas y un estatus que siempre vamos a querer alcanzar. Tanto en Panamá como en Guatemala, se ve a los malls como el éxito comercial y urbano que congrega a personas durante horas.
Mientras regresaba al hotel, Raúl me preguntó qué me había parecido el viaje y si había comprado muchas cosas. Le comenté que me había aburrido y que ir a pasear a un mall no es mi idea de turismo. Quizá en otra oportunidad viaje para conocer galerías de arte, museos o locales de artesanías. El piloto Raúl estuvo de acuerdo conmigo y me comentó que a los guías turísticos pareciera darles un poquito de pena el hablar de la Panamá de verdad. Esa que viven los panameños trabajadores, que madrugan y ríen o lloran como todos. Me contó que él vivía en uno de los suburbios y que cuando le toca acompañar a grupos de turistas escoge transitar por las calles residenciales o poco favorecidas. Esto para que quienes viajemos en el bus podamos ver por unos segundos a la ciudad que se esconde detrás de los imponentes edificios. La ciudad crece a un ritmo muy favorable, lo que ha permitido que la zona bancaria y hotelera se expanda. Hay varios proyectos en construcción, por lo que no sería de extrañar que el paisaje cambie repentinamente.
Antes de que terminara el día decidí escaparme por unos instantes hacia la Avenida Central, que es una avenida peatonal en la que se ubican comercios. La guía que viajó con nosotros no me dio muy buenas referencias del sitio, los botones del hotel me aconsejaron que no me asomara. Incluso el taxista me preguntó si no prefería ir al Mall. Pero yo estaba determinada a ir a caminar por la Avenida Central. Y… Lo hice. Pero por pocos minutos. Ya era algo tarde y como era domingo, no había muchos locales abiertos. En algún momento fue una avenida peatonal como la actual Sexta Avenida del Centro Histórico guatemalteco. Ahora está muy descuidada y, según me comentaba el taxista mientras caminaba unos metros por el lugar, si se le pusiera más atención al sitio, se podría convertir en un punto turístico importante. Cuando íbamos de regreso, el taxista pasó por otros sectores y compartió algunos detalles sobre la ciudad. Me recordó mucho a las calles más desatendidas de la zona 1, cerca de la terminal de autobuses en la 18 calle. En un abrir y cerrar de ojos nos encontramos en el mercado de mariscos y los altos hoteles me recibían de nuevo. Ahí donde el aire acondicionado te hace olvidarte del calor húmedo que impera en el ambiente.
«Los latinos son quienes más se interesan en ir al Mall que los europeos o americanos», aseguraba nuestra guía en uno de los recorridos. Por dentro yo luchaba en contra de ese instinto consumista que nos inculca la sociedad. Es muy fácil cruzar esa delgada línea entre el placer de comprar y el abstenerte porque en realidad, no necesitas nada de lo que te ofrecen. Me parece que, al menos en esa parte de la ciudad o enfoque turístico, se promueve demasiado el consumismo. La estadía se te va entre escaparates, compras y más compras banales. A menos que sean comerciantes emprendedores que saquen adelante su negocio con mercadería panameña y aprovechen para invertir bien su dinero.
No vi artesanías pero sí algunos accesorios en el Mall que estaba frente al hotel. Tomé uno con la leyenda de Panamá y guardé en mi corazón los amaneceres frente al mar o las conversaciones conmigo misma y el paisaje. Es muy difícil, si no imposible, conocer un país durante cuatro días. Sobretodo si participas en los tours para extranjeros. Quizá esa misma burbuja sea la que vean los «gringos» cuando caminen por la Antigua Guatemala, observen de lejos el Palacio Nacional o escalen las ruinas en Petén. Nuestros países se convierten en un paréntesis para quien solo viene de paso a cerrar un negocio y a distraerse de la cruda realidad que le toca afrontar cuando regresa a su país de origen.
De una u otra forma, este viaje lo agradecí desde el alma. La vida sigue y esos instantes se fueron pero permanece el sentimiento. Es por eso que confirmo que la máxima inspiración diaria proviene de saborear cada momento porque el tiempo transcurre como agua entre los dedos. Gracias Panamá.
¿Se acuerdan de la escena de Reality Bites en la que Lelaina se muestra vulnerable frente a Troy y le confiesa su frustración por no haber podido llegar a ser ese ALGUIEN tan anhelado a los 23 años? Después de esa escena ambos se confiesan su amor y están a punto de vivir felices para siempre Si bien es cierto que esa película es considerada como el vivo retrato de la Generación X, debo confesar que siempre me sentí atraída hacia la cinta. Me gustaba ver a Troy, interpretado por Ethan Hawke, y me entretenía con sus diálogos filosóficos. Sin embargo, fue hasta el domingo por la tarde que realmente comprendí el significado del argumento e incluso me conmoví.
Cuando Lelaina, interpretada por Winona Ryder, emprendía la búsqueda de su destino y se empecinaba en grabar un documental sobre la vida de sus amigos, realmente lo hacía en un acto de rebeldía por documentar el testimonio de una generación. Pero su carrera parece que jamás emprenderá el vuelo y poco a poco aumenta su frustración. Las deudas aumentan y nada parece mejorar. Cuando vi la escena que les mencioné arriba, no pude evitar sentirme identificada porque justo en este momento estoy en la etapa culmen. Estoy próxima a graduarme y, aunque tengo un trabajo estable, hay muchas cosas de la vida que aún no descifro.
Ella tenía a los 23 años como meta para definir el éxito. Pero, ¿y nosotros? ¿Será que la tenemos a los 25, 30, 35, 40 años? Veo a mi alrededor y conozco a mucha gente que se gradúa de la universidad pero no encuentra un trabajo en el área para el que está calificada. Otros ya cuentan con la experiencia y tienen el trabajo pero deciden no estudiar porque consideran que el «cartón» ya no tiene la misma validez que hace algunas décadas.
Vivimos toda nuestra vida buscando el significado de la misma y esperando a que pase algo. Pero muchas veces no nos damos cuenta que sí está pasando algo en este momento. La vida transcurre y no tenemos que buscar muy lejos para encontrar aquello que nos haga felices. Todos los personajes muestran parte de esa búsqueda pero no cuentan con las herramientas necesarias. La única certeza para ellos es que no saben nada. No quieren ser parte del sistema consumista en el que viven, por lo que preferirían la anarquía y una rebeldía sin mayor orientación.
No creo que hable por todos cuando diga que a veces yo también me siento como Lelaina. Veo hacia atrás y me doy cuenta que, a diferencia de ella, tengo varias metas alcanzadas de las que puedo sentirme orgullosa. Algunos familiares me preguntan que para cuando la boda, que si pienso tener hijos o no. Pero hay algo más que todavía sigo buscando. Estoy en pleno cuarto del siglo de mi vida y no puedo evitar preguntarme: ¿Qué pasará ahora? ¿Cómo invertiré los siguientes años de mi vida? ¿Alcanzaré todas mis metas laborales y personales? ¿Serán las metas adecuadas o deberé rediseñar mi plan de vida? Y… No lo se.
Lo que sí se es que ya quiero que sea el 30 de abril para examinarme y poder cerrar la etapa de la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación. Quiero graduarme para pasar a otra fase, que seguro me llevará por un nuevo sendero que aún no se ha definido. La otra certeza que se esboza en mi corazón es que podría pasarme mil años estudiando y alcanzando metas académicas pero nada de eso servirá si no veo el panorama de manera integral. El mismo enfoque se aplica a la parte laboral, pues no podemos pasarnos toda la vida alcanzando metas mecánicas en una empresa o escalando las gerencias solo porque sí. Al casarnos con nuestro trabajo dejamos de lado la vida personal y no atendemos nuestro ámbito espiritual.
Troy le dice a Lelaina que lo único que debe hacer a los 23 años es ser ella misma. Y sí, tiene razón. Pero ser uno mismo no es nada sencillo. Para poder serlo primero debo saber quién soy yo. ¿Quién soy yo? ¿Quienes son ustedes? Una amiga en Facebook reconoció que a pesar de haber vivido X cantidad de años, aún no sabía quien era ella en verdad. No se conocía y no entendía por qué había que pasar tiempo con uno mismo, pues se supone que siempre pasamos tiempo con nosotros mismos. Menuda situación. ¿Y qué tal que pasen tantos años y en 25 años yo tampoco sepa quién soy? Encontrar esta respuesta es fundamental para pasar a las siguientes etapas de nuestra vida. Esto nos evitará saltar de relación en relación o de trabajo en trabajo. La otra parte viene después, cuando debamos tener la valentía de ejercer nuestra libertad con responsabilidad y decir sin miedo: Esta soy yo. ¿Y? (Pero creo que le dedicaré un post aparte a ese tema)
También le agregaría al tema el vivir una vida llena de pasión con el adecuado conocimiento del talento personal. Ojo que no me refiero al sentido de las películas de Hollywood y que se relaciona con libertades enfocadas erróneamente. Hablo de la pasión y la alegría por vivir, trabajar y dar siempre lo mejor. Pasión que te haga madrugar para llegar temprano y culminar con éxito una labor. La pasión de sonreír con autenticidad y tener más paciencia…
Quizá la búsqueda fundamental no sea la de la felicidad, sino la de la paz interior. Si yo tengo paz, todo lo demás vendrá por añadidura. Sin embargo, no todo es color de rosa. ¿Qué les decimos a todos los recién graduados que no encuentran trabajo o que apenas y ganan lo suficiente para llegar a media quincena? No lo se. Ciertamente no está en nuestras manos transformar esa realidad. Lo que sí está en nuestras manos es estar más atentos a las necesidades del prójimo y solidarizarnos con quien esté a nuestro alrededor.
Leí en un libro que muchas veces la juventud siente estas ganas enormes de cambiar el mundo pero ese impulso se pierde porque no está bien encausado. En la mayoría de ocasiones los jóvenes quieren transformar el mundo de un solo golpe pero se topan con la cruda realidad y ya no cuentan con las herramientas. Crecen, se acomodan y se convierten en lo que siempre temieron. Entonces, el autor Juan Luis Lorda dice algo que me pareció clave. No podemos cambiar el mundo pero sí nuestro entorno. Es por eso que nuestras energías deben enfocarse en una meta específica que transformará la realidad. Ese propósito debe ser integral y libre de cualquier egoísmo.
Los verdaderos agentes de cambio salen de si mismos, pues tienen la suficiente sensibilidad de detectar la necesidad del prójimo y ejecutan los planes para mejorar su comunidad. Ellos saben que no pueden erradicar el hambre en todo el mundo y que la paz mundial es una meta muy difícil de alcanzar. Pero sí pueden darle alimento a un grupo de personas en extrema pobreza y fomentar la cultura de paz en nuevas generaciones.
¿Se han preguntado cuál es su misión en esta vida? ¿Cuál es su llamado o vocación? Yo todavía no tengo todas las respuestas. Cada hecho irá encaminado a la mejora de mi entorno. Pondré mi talento al servicio de la paz y la promoción de un mejor país. Tengo una cosquillita por emprender nuevos proyectos y estudiar la maestría. No he seleccionado cuál pero creo que habrá una que me llevará por el camino del emprendimiento.
Mientras descifro el resto de mi vida, aprovecharé el presente para construir un futuro sobre roca y no en arena movediza. De lo único que estoy completamente segura es que hay alguien que me acompañará en cada instante. Dios sabe todo antes de que suceda, pues su tiempo no se mide en las horas de nosotros. Si todos somos invitados a la santidad, por qué no buscarla en cualquiera que sea nuestra realidad. Buscarla y confiar. Sin temor a ser tachados o a que nos vean diferente. Mientras armo todo el rompecabezas, me esforzaré por repartir amor y caminaré al lado de Jesús. Confiaré en la ruta que se despliegue poco a poco frente a mí y, por qué no, cambiaré el mundo también.
Pd. La película abarca otras temáticas pero quise partir de esa búsqueda existencial y esbozar algunas interrogantes personales.
La madrugada del sábado 9 de julio de 2011 no fue una como todas las demás. El sueño se me quitó de repente cuando vi un mensaje en mi celular: «Vos durmiendo y Guatemala convulsionada, mataron a Facundo Cabral en el Trébol! Ahorita«. Atontada por la somnolencia, me acerqué a un televisor y ahí estaban las primeras imágenes de una noticia que no podía terminar de creer. Fue ese tipo de eventos que nunca te imaginas que puedan pasar y una especie de vergüenza se comenzó a apoderar de mis movimientos. Sentí una pena inmensa por mi país. Cualquier ápice de autoestima que pudiéramos tener, nos lo arrebataron en ese brutal ataque. Vulneraron las garantías de vida de un defensor de la paz y un ciudadano mundial. Hoy, a menos de una semana del hecho, las investigaciones arrojan sorprendentes y prontos resultados. Los órganos de investigación sí buscaron las imágenes en las videocámaras ubicadas en los sectores aledaños y, oh sorpresa, ya hay dos capturas. Si esa eficacia se aplicara a los cientos de asesinatos al año, los delincuentes quizá no se habrían animado a cometer el crímen de esa manera porque hubieran tenido un disuasivo.
Pero en ese momento, la incertidumbre y la congoja eran las sensaciones más latentes. El embajador argentino intentó consolarnos al decirnos: «No podemos culpar a los neoyorquinos por la muerte de Jhon Lennon. Los guatemaltecos no mataron a Facundo Cabral». Pero eso no me podía quitar la vergüenza. Es cierto que no debo avergonzarme por los malos hechos de otras personas. Pero sí me da una una pena enorme mi país con cero garantías. Me avergüenzo de la falta de liderazgo; de la dejadez y de la manera en que todos nos hemos acomodado. Claro, todos nos indignamos en el Twitter o Facebook y pedimos cambios, nos reimos de aspirantes a presidentes o candidatos a alcaldes. Pero, y después? ¿Qué estamos haciendo en nuestro verdadero campo de acción: La vida real?
Ese fin de semana tenía asignada una cobertura a un festival de arte que pretendía revitalizar un espacio urbano tras convertirse en cuna de bares, peleas, balas perdidas y una cultura durmiente. Quizá fue mucho pedir que al llegar yo esperara un moño negro y un pronunciamiento oficial porque el tema del evento Todos 4rte era «Así queremos vivir». Promulgaba un espacio de convivencia pacífica, libre locomoción, respeto a la vida y expresión artística. Entonces, mi razonamiento fue: Si hoy amanecemos con esta noticia, esto es importante. Basta ya. Así ya no queremos vivir. Seguro algo dirán… El mundo se conmociona desde la madrugada y aquí algo debe suceder.
Es de aplaudir la iniciativa de una muy buena amiga que se movilizó para ir a buscar a dos trovadores de reconocida trayectoria y organizar un tributo al final de la tarde, como parte del festival. La nota sobre ese emotivo tributo la pueden leer en este link: Entonan tributo de despedida. Pero junto con eso, esperaba un planteamiento más contundente y algo acorde al tema del festival, que por cierto, por ratos me pareció superficial.
La hipótesis anterior la comprobé al escuchar el comentario de una persona que decía: «Logramos que a la gente se le olvidara algo tan negativo como lo de Facundo Cabral porque estuvimos en un espacio pacífico; lejos de la violencia y la política». Aunque apoyo que todos debemos luchar por alcanzar un país seguro y sin violencia, no creo que eso se logre viviendo en una burbuja. Esa fue la sensación que me dejó ese comentario y la experiencia de caminar por las instalaciones del evento. No me malinterpreten, creo que se rescatan varias obras de los artistas que a mi parecer, transmitían mucho más la idea del festival, que el evento en sí. También ciertas estampas, tales como las de tres agentes de la PNC entrando a una galería para ver pinturas. No discuto eso. Pero también supe de una artista a la que le robaron una pieza que instaló al aire libre . (Para leer la nota hagan click aquí)
¿Cuál es el discurso de fondo que llegó a los asistentes? No es posible abanderarse con el arte cuando, a mi parecer, los organizadores no tienen conciencia o noción de lo que pasa alrededor y sus dimensiones. Sería algo así como poner los pies en la tierra. ¿Cómo esperamos un cambio si generamos burbujas de Aquí todo está bien? Muy bonito poner stands ecológicos o pedir material de desecho para reciclar. Chilero ver a los niños haciendo esculturas con botellas de plástico y calidá leer mi poesía el domingo por la tarde. Pero si no hay un sustento de fondo, se queda en una iniciativa del montón. En un distractor como los partidos de fútbol. En un marketing para levantar un área donde ya no hay ningún local comercial porque la gente dejó de llegar. Ahora planean colocar apartamentos cercanos y generar un lugar de desarrollo tecnológico.
Guatemala sigue convulsionada y lo más seguro es que permanezca de esta manera. Una amiga me preguntaba qué pensaba y esto forma parte de todo lo que me ha pasado por la cabeza, a partir de ese fin de semana. Sigo sintiendo indignación porque al presidente le preocupe investigar un caso de alto impacto para no quedar mal internacionalmente. Cuando hay muchas muertes que quedan en la impunidad y el olvido. Si se usaran los mismos recursos de inteligencia, otra sería nuestra historia.
Tenemos que despertar. Aunque no podemos investigar nosotros o ir a limpiar todas las instituciones para sacar a los corruptos, podemos propiciar un cambio en nuestro campo de acción. Ser más conscientes y tener un juicio critico. Salir de nuestra burbuja de confort y construir desde donde podamos, un lugar mejor. Evangelizar o ser motor de cambio. Ser valientes y seguir el modelo de vida de alguien que se atrevió a vivir con amor y a dejar ataduras. Ser coherentes con lo que profesen y dejar las tintas medias. Evitar la corrupción y la mediocridad donde estemos. Exijir, pensar, juzgar, señalar. Despertemos todos juntos.
Cuando era una niña que cursaba la primaria recuerdo que a veces me acomplejaba un poco porque me escogían para ser la abanderada o sacaba notas altas en las materias. Llegó un momento en el que lo que yo quería era pasar con un bajo perfil porque mis compañeras me tachaban de creída o nerda. No me gustaba eso. Una vez cuando le comentaba a mi mamá esta situación y le explicaba el por qué había rechazado ser la abanderada de quinto primaria, ella me dijo algo que nunca se me va a olvidar. «Eres la hija de dos personas muy inteligentes. Entre los León y los Cantón el único resultado solo puede ser mejor y por eso vas a ser inteligente, buena y muy pilas». Esa frase me hizo sonreír para luego secarme las lagrimas y sentirme orgullosa por llevar esos apellidos.
Los años pasaron y la época dorada en la que ostentaba con orgullo la bandera del colegio o la de Guatemala quedó atrás. Las materias comenzaron a ser más difíciles, pues siempre me han costado las áreas científicas del pensum. Ella se proponía encontrar los mejores libros de apoyo para sentarse a revisar las tareas de química o preparar el terreno para cuando llegara mi papá. Él se disponía a resolver a mi lado los teoremas de Pitágoras o descifrar la Ley de Newton cuando terminaba de cenar. Pero yo no era la única con tareas indescifrables en la agenda. Mis hermanos también aparecían con grandes retos que ella debía resolver. Fue así como un día fuimos en búsqueda de un carpintero que le vendiera unos pedazos de madera para que mi hermano mediano armara una repisa el día antes de la entrega final.
Su instinto de búsqueda fue perfeccionado en Google y no hay información que no pueda encontrar. Fue de esa manera como descubrió que uno de los maestros de mis hermanos era un embustero y se había plagiado un examen final de la guía de curso de un colegio privado. Por si eso fuera poco, el profesor había copiado el índice de una página que se burlaba de Wikipedia y todo lo que mencionaba era falso. Mi mamá, armada de valentía y sin un pelo en la lengua, llegó a buscar al director con pruebas en mano para desenmascarar a ese maestro.
¿Han coleccionado momentos o memorias? Entre las que más me gusta recordar cuando estoy triste es un abrazo que ella me dio en el patio de la casa. Todos han sido maravillosos. Pero ese tuvo algo de particular y, quizá porque yo estaba en medio de una crisis de adolescente, lo valoré más. En realidad, atesoro cada momento. Como cuando de repente aparecemos todos bailando por las gradas, conversamos cuando vemos televisión y mi papá nos pide que hablemos más bajo o cuando nos burlamos de la vida entre los cinco. Debo confesar que ahora me da celos la computadora porque por las noches se conecta y solo mira telenovelas. Aunque también confieso que me encanta que esté tan conectada y no haya barreras tecnológicas. Todo lo encuentra y todo lo sabe. Si una mamá es capaz de encontrar un objeto perdido en la casa, Google le ha dado todo un nuevo Universo de búsqueda. Nunca falla.
«¿Qué vas a hacer cuando ya no vivas aquí?» Me pregunta cada vez que le pregunto como me veo. Yo le respondo que para eso estará el Skype y que todos los días le consultaré mi outfit antes de salir a la calle. Sospecho que cuando eso suceda, la llamaré todos los días y no me iré tan lejos para mantenerla al día. Una vez una niña me reclamó que por qué le contaba todo a mi mamá. «Si es mi amiga»… le decía yo.
Todos los días cuando salgo y me enfrento a esa bestia llamada ciudad, trato de recordar quien soy. Me esfuerzo por ser paciente, tener fe y sacar una sonrisa al igual que ella. Por no pasarme de lista y respetar las normas como lo hace mi papá. Por no defraudar o engañar como me enseñó él. A no avergonzarme por lo que puedo llegar a hacer y a estar orgullosa porque allá fuera en el mundo, soy la hija de A. Cantón de León y J.M. León. Nada malo puede salir a partir de la unión de dos personas tan maravillosas. Aunque también cometen errores como cualquier ser humano, me han dado lo mejor.
Feliz día a todas las madres que lean este post y, en especial a la mía.