Tenía unos colmillos tan blancos, que su brillo era capaz de deslumbrar la vista de los presentes. Contrario a lo que pudieron haber pensado, este elefante no era la imagen viva de la pesadez y la torpeza. Sobre sus robustas y pesadas patas parecía descansar el ojo del universo. Se movía con gracia por la grama, tal y como lo hace un equilibrista cuando quiere llegar al otro lado de la carpa. Cuatro niños, que estaban entretenidos jugando al fútbol, detuvieron su carrera al escuchar que las ramas se quebraban bajo las patas de una masa gris que poco a...