No tengo nada que decir. Levanto el auricular y marco tu número. Luego de siete segundos de espera, me contestas con un simple «alo», te saludo y me percato de que esta llamada fue en vano porque no hay nada que te pueda decir. Ni a ti o a el mundo.Quizás sufro de pereza mental crónica o hay una sequia de palabras. Aunque platico de temas tontos, por dentro me arrepiento de haber levantado el auricular.Finalmente pronunciamos las palabras de despedida y cuelgas el teléfono para continuar con tu vida, mientras yo sigo sentada en este sillón negro, sin saber...