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Ya sea que decidas alejarte de la ciudad, refugiarte en una cabaña con vista al lago, optes por caminar por las calles de la Antigua Guatemala o te quedes en casa, estos títulos nunca estarán de más para los lectores empedernidos.



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Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, de Elena Favilli y Francesca Cavallo
Los cuentos de hadas son cuestionados por la vida real. ¿Qué hay detrás de las historias de Elizabeth I, Coco Chanel, Marie Curie, Frida Kahlo, Serena Williams y otras mujeres extraordinarias? Todas narran la aventura de su vida para demostrar que los cuentos también pueden ser protagonizados por mujeres que se atrevieron a transformar el mundo.
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La tienda de los suicidas, de Jean Teulé

En una ciudad apocalíptica donde las esperanzas son en vano, nace un niño alegre que desencaja en su familia. Con esta lectura, entrarás a la tienda y a la vida de una familia dedicada a la venta de productos que cualquier suicida debe tener a mano para cuando llegue el momento final. Las sogas para ahorcarse, venenos, armas y conjuros, son el pan de cada día. La normalidad entra en jaque cuando el bebé pone en riesgo el negocio.
La lectura de este cuento es amena y salpicada de humor negro. Aconsejable para leerla frente a la piscina pero con un buen salvavidas a la mano. No vaya a ser.


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En el camino, de Jack Kerouac
Con esta novela no hay pierde. Puedes leerla durante el roadtrip del fin de semana o mientras disfrutas de un café en casa. De cualquier manera, la carretera se abrirá frente a ti para llevarte a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados. Los viajes extravagantes de uno de los primeros hipsters literarios, Dean Moriarty y del narrador Sal Paradise, te llevarán por Nueva York, Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco y Chicago.
Desde la enorme tristeza de una camisa, hasta sentir el aire que se puede besar, Kerouac narra con frases cortas y directas. Los escenarios cambian de manera abrupta porque los personajes huyen de la angustia. Se refugian en las fiestas, engullen carreteras, beben sin parar y conocen a memorables compañeros de viaje. El destino no importa, lo importante es el recorrido por la carretera.


También esto pasará, de Milena Busquets


Las palabras son poderosas y cuando mamá nos dice una frase, esta puede convertirse en un mantra que nos ayuda a pasar el día a día. Esto le sucede a Blanca, quien ahora debe enfrentarse a la muerte de su madre. Frente al duelo, el desgarro y la ausencia, se extiende el verano en la ciudad de Cadaqués.
Los paisajes mediterráneos acompañan una narración en la que destacan frases como: «La ligereza es una forma de elegancia. Vivir con ligereza y alegría es dificilísimo.» A través de la historia de Blanca y la enfermedad y muerte de su madre, a través de las relaciones con sus amantes y sus amigas, tenemos la oportunidad de asistir a una narración intimista y sin rodeos. Temas universales como el dolor, el amor, el miedo, el deseo y la tristeza, se alternan frente al mar de Cadaqués.


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Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago
La prosa tiene un ritmo que te atrapa desde la primera línea. Los diálogos están empapados de humor negro y resonarán en tu mente aún después de haber bajado el libro para beber otro sorbo de cerveza. Terminé de leer esta novela hace unas horas y no miento cuando digo que Saramago logra atraparte en una ciudad en la que la disidencia marca la pauta de toda la historia.
Por momentos, sentirás que estás viendo una película de intriga o que esta novela bien podría inspirar una nueva serie que compita con House of cards. En época de elecciones resulta que más de la mitad de la población optó por votar en blanco. Esto desata una crisis en la que los políticos confabulan para averiguar quién podría estar detrás de lo que ellos consideran como un movimiento desestabilizador sin precedentes. Si ya leyeron el Ensayo sobre la ceguera, no pueden dejar de leer esta otra novela.
¡Que el sol incendiado del fin de semana acompañe tus lecturas!








Navego hacia tu piel como quien busca un faro a
medianoche.

Avanzo entre las olas para darle forma a este maremoto
sincronizado.

Cuando llueve se me pierden las estrellas
Intento salir a flote pero me inundo toda de ti.

Te retengo

Te tiemblo

Te
temo

Te
toco

Te muerdo

Te acaricio
La neblina nos envuelve y mi brújula se pierde.

El porvenir no existe para quienes aman sin futuro.


Imagen de Zandra Art: http://zandraart.tumblr.com/ 

Era un lunes por la mañana cuando las cosquillas se deslizaron por su oreja, para luego caminar sobre sus hombros y descender hacia la columna.

Si Ana les hubiera puesto atención, habría visto un ejército de ideas que marchaba en retirada.

Estaban listas para encontrarse con el viento.

Recorrían su piel con total seriedad, conquistando lunares y olvidando cicatrices.

Querían atrapar el grito que nace en la montaña.

Aferrarse al vuelo del zopilote.

Confundirse entre la arena y avanzar al mar.

Soñaban con explosiones nocturnas y cuerpos chocando entre las nubes. Estaban listas para sentarse entre el ruido y correr hacia nuevas pieles.

Las cosquillas siguieron el mapa. Rodaron por la cadera y luego pasaron entre las rodillas.

Un hormigueo disimulado por zancudos insistentes les permitió continuar su camino y llegar hasta los tobillos.

A continuación, desfilaron hacia el suelo y saltaron para diluirse entre las sombras.

Los pedacitos de Ana flotaban entre los gritos de la plaza.

Ella se quedó en blanco.

Ahora que por fin se había quedado vacía, Ana estaba lista para reiniciar.


 “porque
cualquiera sabe que es triste inmensamente existir sin amor”
Mario
Payeras.
Era
una tarde de noviembre como cualquier otra, en la que los barriletes suelen
desafiar al viento para averiguar hasta dónde pueden llegar. El juguete llamó
la atención de Sara justo cuando estuvo a punto de quedar atrapado entre las
ramas que se reflejaban en la ventana del carro negro.  Mientras observaba la manera en la que esa
silueta bailaba con gracia y se alejaba cada vez más del lugar de donde ella
estaba, Sara recordó el poema de Mario Payeras que su tío recitaba los domingos
por la tarde cuando caminaban hacia la tienda del barrio. Tras recitar los
versos en su mente, cayó en la cuenta que ella no había conocido a ningún amor que le dijera barrilete
o que la comparara con el alma bulliciosa de los pájaros que estallan por la
tarde. Lo suyo había sido una monótona colección de sinsabores que intentaba
cubrir con el rubor comprado hace un par de horas en la tienda.

Cuando
Sara tenía cinco años empezó a imitar los gestos que su madre realizaba frente
al espejo. Ambas se sumergían en el ritual del maquillaje y experimentaban con
las tonalidades de moda para alcanzar la perfección en los trazos. No era de
señoritas lucir descuidada, por lo que el ritual quedó grabado en la rutina de
Sara e incluso se convirtió en una táctica dilatoria para hacer esperar a los
príncipes azules que llegaban a la puerta. Uno de esos candidatos fue Julio,
quien llegó a su vida, como en capítulo de telenovela, para detener el tiempo y
regalarle el universo completo cada vez que se besaban.

Conforme
fue pasando el tiempo, algo de su matrimonio hacía eco con aquellas tardes en
las que Sara coincidía con su mamá frente al televisor para tomar una taza de
café con pan. Solían criticar a las protagonistas e incluso le reclamaban a las
que no lograban abandonar a esos novios abusadores. Sara dejó de ver las
telenovelas cuando Julio la regañó y le dijo que ese era un pasatiempo para
mujeres ignorantes. Tomó el control remoto y escogió cualquier película de
acción, que se le presentó en el camino del zapping.

Julio
era el hombre ideal, guapo y responsable que cualquiera podría desear, solía
pensar Sara mientras cepillaba su cabello frente al espejo. Por eso debía
esforzarse un poco más para quedar bien con él, en vez de equivocarse y
provocarlo. Poco a poco se le fueron agotando las excusas y aprendió a fingir
los orgasmos para que todo acabara más rápido. Se acostumbró a seguir la
corriente, mostrarle su teléfono celular cada día y decirle que sí a todo, con
tal de que se marchara a trabajar y poder quedarse sola en casa. Durante su
ausencia ella aprovechaba para ponerse al día con la telenovela o tejer algún
suéter para el bebé que venía en camino.

Su
única tarea, según le había dicho Julio, era cuidar a esa criatura que llegaría
para renovar su relación. Y Sara le creyó. Cada puntada la acercaba al momento
en que lo sostendrían en sus brazos. Los nuevos planes incluían una cena en la
que le anunciarían a todos que Sara estaba embarazada y tampoco podía quedar
fuera la redecoración para el heredero. Lejos estaba de imaginarse que aquel
lunes Julio iba a regresar más temprano y que, al llegar a la casa, la
encontraría viendo la telenovela en horario estelar. La desobediencia se paga
caro en esta casa, le diría después de propinarle algunos golpes por aquí y por
allá.

Sara
terminó de maquillarse e instintivamente acarició su vientre con la mano
derecha, tal y como solía hacerlo cuando estaba embarazada. El barrilete ya
solo era un punto violeta que se perdía entre los zanates que volaban antes de
que se acabara la tarde. Era el momento de bajar del carro y recibir el abrazo
de su hermana, quien la esperaba impacientemente desde hacía algunos minutos.
Sara recibió las muestras de pésame que, le salían al paso, mientras intentaba
abrirse camino para llegar hacia aquel nicho frío y gris, que los ramos le
salpicaban un poco de color.

Por
más que se escondiera, era  difícil
evitar ese abrazo maternal que se extendía para atraparla. Sara también lloraba
y lo hacía porque su mamá la estrujó con la fuerza necesaria para que recordara
dónde quedaban las heridas que Julio dejó en su cuerpo.

La
última vez que lo vio fue hace dos días. Pelearon como de costumbre y, tras
reclamarle por no haber sido capaz de mantener a salvo el embarazo, le dio un
último golpe y se fue de la casa. El periódico de ayer relató, con lujo de
detalles que el cuerpo de su esposo había sido encontrado en una cuneta y que
su automóvil estaba en manos de una banda de robacarros que opera del otro lado
de la ciudad.

Sin
embargo, Sara no experimentó sorpresa alguna cuando Julio no llegó a dormir
aquel lunes. Hasta se alegró cuando pudo adueñarse del control remoto para
quedarse un rato más en la cama y levantarse hasta que el hambre la obligara.
Ese día ya no tendría que preparar un desayuno extra
.
Lucía León
*La imagen fue tomada de: https://www.pinterest.com/pin/416301559276044106/

Tenía
unos colmillos tan blancos, que su brillo era capaz de deslumbrar la vista de
los presentes. Contrario a lo que pudieron haber pensado, este elefante no era
la imagen viva de la pesadez y la torpeza. Sobre sus robustas y pesadas patas
parecía descansar el ojo del universo. Se movía con gracia por la grama, tal y
como lo hace un equilibrista cuando quiere llegar al otro lado de la carpa.


Cuatro
niños, que estaban entretenidos jugando al fútbol, detuvieron su carrera al
escuchar que las ramas se quebraban bajo las patas de una masa gris que poco a
poco, comenzó a tomar forma frente a ellos. Avanzaba despacio. Si no se
hubieran entretenido en el aleteo de las orejas y en el péndulo que dibujaba
con su trompa, también habrían notado la delgada línea carmesí que fluía detrás
de su oreja. No pasaron muchos minutos antes de que cambiaran la pelota por la
cola del elefante, y hubieran sumado más de veintiún saltos, si su mamá no se
hubiera asomado por la ventana para vigilarlos.

Supusieron
que debió haber escapado de un circo ubicado en algún poblado próximo. El padre
sugirió encender la radio para escuchar si el noticiero matutino mencionaba la
fuga del elefante. La madre tomó su bolso y salió rumbo a la plaza para comprar
los periódicos del día y revisar la cartelera municipal. Quizá el dueño del
paquidermo ya había notado la ausencia del animal y las autoridades locales
montaron un operativo de búsqueda.

Marta
se acercó con disimulo a la plaza para escuchar si pescaba algún comentario que
volara despreocupado hacia su banca. Todo fue en vano. Ninguno tenía relación
con el mayor de los terrestres que hace poco estaba jugando a la cuerda con los
niños. Mientras tanto, su esposo recordó que este tipo de animales se alimenta
de vegetales, por lo que buscó en la cocina todas las opciones que pudieran
satisfacer el apetito del huésped.

Marta
regresó a casa sin ninguna novedad y, al preguntarle a Daniel si había
escuchado alguna noticia por la radio, ambos acariciaron la posibilidad de
adoptar al animal. Había algo de hermoso en la manera en la que sus hijos
jugaban con él. Míralo como se deja acariciar y hasta parece sonreír cuando el
jilguero revolotea cerca. El acuerdo fue tácito entre ambos. Mantendrían en
secreto esta visita por el tiempo que fuera necesario y no dejarían que nadie
perturbara este momento de inesperada felicidad.

El
elefante llevaba sobre su cabeza una piedra preciosa que encerraba el principio
y el fin de todo cuanto había sido creado. La familia que vivía en la última
casa del bulevar solo podía pensar en que el cielo debía haberlos bendecido y,
como cosa rara, el jilguero volvió a cantar aquella mañana. La identidad del
visitante dejó de ser un secreto cuando el más pequeño de los niños se tiró a
su pata derecha para abrazarlo y gritarle: -¡Gaja!-. No cabía la menor duda.
Ese era el nombre de aquel animal capaz de tejer nubes y soplar burbujas.
Ninguna
flor sobrevivió a sus pasos, que además, eran cada vez más lentos y
lastimeros. Tras observarlo con detenimiento, notaron heridas en su piel y
supusieron que debía haber participado en una gran pelea. Si escuchaban con
atención, era posible distinguir un suave quejido que se escapaba con cada
exhalación. Marta acariciaba el enorme vientre de Gaja mientras aplicaba una
compresa fría para detener su fiebre.

Pero
importaba poco que las margaritas ahora fueran una alfombra despenicada por el
suelo. Desde ese jardín se podía ejercer el dominio del mundo terreno y eso
había que celebrarlo. Marta fue a cambiarse el vestido de diario y raído por
uno de gala que tenía escondido en el último rincón de su armario. Decidió
recogerse el cabello para que sus labios rojos pudieran lucirse como no lo
habían hecho durante muchos años. Por su parte, el padre rescató el tacuche
heredado de su abuelo y se perfumó para ser el anfitrión de una cena que
parecía haber sido pactada desde años atrás. Los niños se sacudieron la tierra
que tenían prendida en las rodillas por tanto jugar y se vistieron con los
pantalones reservados para la misa dominical.

Mientras
tanto, Gaja se acomodó en el centro del jardín para observar las estrellas que
conseguían brillar a pesar de la luna llena. Después se entretuvo contando las
grietas en las paredes y cortando ramas de los aguacatales. Un grupo de
luciérnagas acordó quedarse durante unos momentos para observar a aquel animal
que con su trompa elevaba las ramas y las agitaba suavemente como si dirigiera
una plegaria. Cuando la familia regresó, se encontró con una hoguera que
escupía sombras en la pared.

Gaja
trajo consigo el comienzo y el fin de todo cuanto había sido creado. Cerca de él
todo parecía renovado y las fisuras en los muros de la casa parecían haber
desaparecido. Si tan solo fuera pudieran saborear un poco más de ese magnetismo.
Con tan solo estirar un poco su trompa, era capaz de alcanzar todas las
riquezas. Necesitaba recuperarse para ganar un poco más de energías y seguir su
camino.

Mientras
Daniel lo observaba jugando con los niños y provocando sonrisas en su esposa,
empezó a soñar con el secreto que Gaja guardaba en ese diamante. Si lograra ver
a través de él, seguramente sería capaz de desentrañar todos los misterios del
universo.  Pero no podía hacerlo solo. En
esta fiesta todos parecían estar del lado de Gaja y si atacaba en este momento,
únicamente recibiría el rechazo de su familia.

Tomó
una astilla que guardaba en una pequeña caja y con mucho cuidado se dirigió
hacia su esposa para abrazarla. Me picó una hormiga, pensó ella. Y le devolvió
el abrazo a su marido, quien aprovechó para susurrarle algo al oído. Ahora ella
también deseaba ver el mundo a través de ese diamante y empezó a odiar la idea
de despertar en una casa a punto de ser derrumbada por los acreedores. Esperó
hasta que la última chispa de la fogata se apagara. Las sombras se diluían
mientras los niños soñaban con un elefante que los columpiaba cada tarde. Gaja
se había quedado solo.  

Ningún
vecino hubiera podido creer que detrás de esos muros habitaba un elefante y
mucho menos habría sido capaz de identificar la casa donde hasta hace unas
horas vivía la familia más pobre del barrio. Gaja trajo consigo un resplandor
que pasó desapercibido durante el día pero que fue imposible de ignorar al caer
la noche.

Primero,
fueron los niños quienes corrieron colina abajo para descubrir cuál era aquel
objeto que brillaba más que la luna. La voz de alerta fue dada por las mujeres
del pueblo cuando encontraron las camas vacías y los hombres las siguieron
preocupados por las calles del pueblo. Sin haberse puesto de acuerdo, todos
descubrieron que detrás de esa puerta se escondía un elefante capaz de tejer
nubes y que custodiaba todo cuanto había sido creado.

Era
un brillo tan intenso e hipnótico, que todos querían probar un poco de la
belleza que irradiaba aquel animal, pues hechos como este solo podían confirmar
que debían ser los habitantes del pueblo más afortunado del mundo. Para cuando
Daniel y Marta regresaron al jardín, el secreto de Gaja ya no podía ser
guardado. Sus vecinos reclamaban ser parte del acontecimiento e incluso
sugirieron que interviniera el alcalde para coordinar los días que el elefante
podría permanecer en cada jardín. El caos iba cada vez en ascenso y, aunque
Daniel y Marta trataban de defender a aquel trozo de universo contenido en el
lomo del elefante, nada parecía surtir efecto.

Los
niños corrían alrededor de Gaja. Las mujeres soñaban con todas las joyas en las
que ese diamante podría convertirse y los hombres trataban de recordar si
alguna noticia informaba sobre la desaparición de un elefante. Fue hasta
después de la media noche que Marta logró convencer a sus vecinos de que lo
mejor era que cada quien regresara a su casa y que reanudarían el asunto el día
siguiente con la mediación del alcalde. Luego dejó que Daniel se adelantara a
la habitación y ella retomó las compresas frías para verificar si la fiebre
había cedido.

Gaja
se mostraba agotado. Una cosa es jugar a la cuerda con cuatro niños y otra muy
distinta es entretener a todo un pueblo. Quizá fue por eso que no reparó en que
Marta llevaba consigo un cuchillo debajo de la compresa fría. Tal vez pensó que
lo cuidaría, tal y como lo había hecho desde su llegada, y que él podría seguir
pagando esas atenciones con la prosperidad que transformaría a la familia.

Fue
como un pellizco. Marta no quería matarlo. Simplemente anhelaba ser la única
dueña del diamante. Quienes sobrevivieron a la explosión, cuentan que cuando
Marta intentó desprender la joya, el elefante despertó y su dolor fue tan
fuerte que el grito despertó a quienes vivían en los poblados aledaños. El
resto fue silencio. Luego brilló el cielo en el corazón del viento. Amanecieron
jacarandas y margaritas que nunca se marchitan.

Cuando
los viajeros pierden su camino atraídos por el canto del jilguero, los ancianos
suelen orientarlos para encontrar una nueva ruta que incluya la casa que alguna
vez fue la más afortunada del barrio. Sus ojos brillan al recordar esa misma
casa por donde caminó Gaja, el elefante capaz de hilar las nubes, soplar
burbujas y de custodiar el universo entero sobre su lomo. 


Por Lucía León

Imagen de Pinterest. http://sillierthansally.blogspot.com.au/2014/01/african-animal-art.html
Hoy otro contingente de
hormigas intentó entrar a la cocina. Parece que se cuelan por la ventana del baño y desde ahí desfilan hasta la sala para encontrar alguna miga
que puedan robar. Como no pienso darles tregua, me coloco en posición de ataque y, tal y como lo hace el papá de Mafalda en las viñetas de Quino, trato de ubicar el punto exacto al que se dirigen.

Es así como llego a la mitad de la
segunda semana en mi nuevo apartamento. Vivo entre bolsas con ropa que no he
colgado, un banco que sirve a veces de taburete y otras de sillón, hormigas que
se cuelan por donde pueden y una soledad que empiezo a conquistar. Todavía no he
traído mis libros y la mitad de mi clóset está en la casa de mis papás.

Empecé esta aventura como
parte de un impulso que se gestó poco a poco desde hace un par de años, pero no
fue sino hasta julio de 2015, cuando decidí agarrar aviada y buscar un lugar
al que pudiera mudarme. No me he detenido a analizar todo el proceso pero estoy
segura de que no tiene nada de trascendental porque no seré la primera ni la
última mujer en hacer esto. Vamos, hasta creo que ya voy tarde porque en otros
países salir de casa es un hecho común y corriente que se realiza a partir de
los 18 años aproximadamente. Sin embargo, a juzgar por las reacciones y comentarios que
he recibido, pareciera que el gesto de lanzarse a la independencia, también tiene
algo de transgresor y liberador.


Tampoco quiero engañarme con que
todo será perfecto porque en poco menos de dos semanas he tenido
que lidiar con contratiempos que parecen enviados por la Ley de Murphy. Lo
que sí quiero hacer, es aprovechar este momento para aterrizar algunas ideas que han cruzado por mi mente cuando observo el nuevo vecindario desde la terraza. Por momentos, siento como si estoy acercándome a la orilla de un gran espejo
en el que empiezo a reconocerme. Todavía me cuesta creer que esta nueva etapa
ha comenzado.

Me estoy empujando a mí
misma hacia un espacio en el que, como ya lo dijo Virginia Woolf en Una Habitación Propia, pueda tener la libertad de pensar las cosas en sí mismas para sacar mis conclusiones. Sus palabras dialogan conmigo por las mañanas mientras desayuno y reflexiono con ella. La autora lanza preguntas al aire como: ¿Es
este libro bueno o malo? ¿Estoy o no estoy de acuerdo con esta idea política?
¿Es bonita o fea esta obra de arte?

La idea principal del ensayo
de Woolf se basa en que las mujeres necesitan independencia económica y
personal para escribir buenas novelas. Esa es la excusa para reflexionar sobre la literatura, las mujeres y el contexto social en el que les
ha tocado desenvolverse. Pues bien, yo tengo cierta independencia económica y
estoy arrendando una habitación propia. Me falta más disciplina para escribir y
compaginar la maestría con el trabajo.

Aunque, pensándolo mejor,
Woolf no solo habla acerca del oficio de escribir. El ensayo también se puede aplicar
a otras áreas en las que las mujeres debiéramos estarnos desarrollando. En el
segundo capítulo del libro ella menciona que todo puede suceder cuando la feminidad ya no
sea una ocupación protegida. A diferencia de la época en la que escribió
el ensayo, ahora hay más mujeres realizando oficios que no necesariamente tienen relación con el hogar. Sin
embargo, todavía queda mucho por hacer y faltan más mujeres en puestos clave
de dirección empresarial  o políticos.

Tenía esa reflexión en mente cuando me topé con una entrevista que le hicieron a la cantante franco-británica Lou Doillon, en
la que ella comentaba que los hombres con quienes está
produciendo su próximo disco no dudan en pedirle un café o té de forma
instintiva pero que, en cambio, cuando se trata de encontrar una solución
técnica o un problema de producción, le hacen bastante menos caso. Se trata de
micro machismos cotidianos con los que todas hemos de haber lidiado más de
alguna vez y aunque hay cierta independencia, el tramo por recorrer todavía es bastante largo. Más adelante ella comenta:

Diría
que mi generación es la primera realmente liberada. Soy la primera que puede
echar a un tío a la calle, porque tengo un sueldo propio, una casa a mi nombre
y el derecho a criar sola a mi hijo.

Quiero resaltar esa declaración porque creo que también puede relacionarse con la idea que Woolf desarrolla en el ensayo
publicado en 1929 y desde ahí 
Doillon también cuestiona  a artistas como
Beyonce por cantar canciones escritas por hombres y que responden a una
fantasía masculina. Tal vez la conexión que quise hacer entre la entrevista a la cantante y lo que Woolf proponía el siglo pasado es algo jalada, pero también resulta curioso que aún con el paso de 86 años, las mujeres sigamos encontrándonos con micro machismos, reflexionando sobre nuestra soledad y reclamando más espacios claves en la vida pública.

No he terminado de leer el
ensayo pero me atrevo a decir que quizá esa habitación propia no sea solo el lugar
físico en el que uno puede recluirse para crear. Lo que falta es que haya más
mujeres cuestionando todo lo que está a su alrededor para encontrar respuestas
propias. Que esa habitación propia represente el proceso de conocimiento personal
para empoderarse cada día con victorias alcanzadas en todos los espacios donde nos desenvolvamos.


Mientras tanto, espero con entusiasmo y nerviosismo las semanas que faltan por venir. Creo que las hormigas seguirán visitándome pero estaré preparada para no darles tregua, ya aprendí a reconocer cuando el tambo de gas está vacío o el regulador no funciona y este espacio será cada vez más mío. Poco a poco seguiré construyendo mi habitación propia y seguiré descifrando la imagen que comienza a asomarse por el espejo. 

Pd. Les dejo una de las viñetas del papá de Mafalda y las hormigas 😉

Crédito de la imagen de inicio. https://www.etsy.com/listing/61839897/little-houses-2-9-x-12-print


¿Cuán importante es reconocer las figuras literarias para apreciar un poema?



La muerte se perfila como
una compañera que acecha desde la orilla del espejo. Al leer los poemas del
mexicano Xavier Villaurrutia (1903-1850) se abre un espacio de infinitas posibilidades en
el que la noche es el espacio perfecto para dar rienda suelta a las obsesiones
que marcaron su obra. Villaurrutia participó en la vanguardia con su
acercamiento al surrealismo y era alguien que recurría de forma constante a la
muerte propia, el insomnio y la soledad.


Cuando se lee poesía puede haber
dos formas de acercarse a los textos. Una de ellas es la del que avanza sin
preocuparse por el rigor estilístico y el reconocimiento de las figuras
retóricas, pues busca la conexión con el alma del poeta. La otra es desde la
perspectiva teórica, en la que el lector se distancia y cuestiona las
estructuras de lo que se impone frente a él sobre el papel. Creo que la mayoría
de personas se quedan en la primera forma, sienten la conexión, aprecian la
belleza de alguna imagen, se conmueven y siguen adelante. Habrá otros pocos que
se interesan en diseccionar los versos como para tomar una radiografía. 

Este es
un ejercicio que combina las dos formas para identificar las figuras retóricas
en el siguiente poema:
Estancias
Nocturnas

Sonámbulo,
dormido y despierto a la vez,
en
silencio recorro la ciudad sumergida.
¡Y
dudo! Y no me atrevo a preguntarme si es
el
despertar de un sueño o es un sueño mi vida.
Desde el título podemos
apreciar que el escenario predilecto de Villaurrutia es la noche. En el primer
verso hay una antítesis al colocar la explicación del sonambulismo, el estado
que consiste en estar dormido y despierto a la vez. El paso entre la frontera
del sueño y la vida real es un tema que ha sido buscado por varios autores. En
el caso de Villaurrutia, probablemente obedezca a la influencia surrealista de
André Bretón.

En
la noche resuena, como en un mundo hueco,
el
ruido de mis pasos prolongados, distantes.
Siento
miedo de que no sea sino el eco
de
otros pasos ajenos, que pasaron mucho antes.
Miedo
de no ser nada más que un jirón de sueño
de
alguien –¿de Dios?– que sueña en este mundo
amargo.
Miedo de
que despierte ese alguien –¿Dios?–, el dueño
de
un sueño cada vez más profundo y más largo.
La metáfora del jirón de sueño expresa el temor de no ser
nada más que un retazo onírico empujado hacia la nada. La pequeñez del ser
humano frente al concepto universal de un Dios que sea el director del sueño.
También se identifica la anáfora, que consiste en la repetición de la misma
palabra al principio de las frases. En este caso es la reiteración del miedo.
El juego con los sonidos es evidente en el uso de rimas como en “dueño” y
“sueño” para darle musicalidad al poema y valerse de la aliteración.
Estrella
que te asomas, temblorosa y despierta,
tímida
aparición en el cielo impasible,
tú,
como yo –hace siglos–, estás helada y muerta,
mas
por tu propia luz sigues siendo visible.
Al dirigirse a la estrella le da vida y emplea el recurso
de animización para luego, de una manera compleja, colocarse en el mismo plano
que el astro que se asoma en el cielo impasible y expresar el peso de la muerte
con una comparación.
¡Seré
polvo en el polvo y olvido en olvido!
Pero
alguien, en la angustia de una noche vacía,
sin
saberlo él, ni yo, alguien que no ha nacido
dirá
con mis palabras su nocturna agonía.
La última estrofa inicia con
una repetición para remarcar la pequeñez de su existencia y el olvido al que
estará expuesto. El poema concluye con la nocturna agonía, de una forma
circular que nos regresa al título de la obra. Por otro lado, también pienso en
el fragmento de Alicia a través del espejo, en el que Alicia es cuestionada por
los gemelos Tweedle sobre la posibilidad de que ella sea apenas una minúscula
parte del sueño del rey rojo y que desaparecerá cuando el monarca despierte.

El poema Estancias nocturnas
es una reflexión sobre la propia existencia. Un cuestionamiento sobre lo que
hay más allá de los sueños y si existen o no los designios divinos. Acaso todos
seremos unas marionetas controladas desde el sueño del creador o somos una
creación independiente que muere lentamente como una estrella.

En cuanto a la
identificación de figuras literarias o retóricas dentro del poema, creo que es
un recurso de utilidad para acercarse al texto y desenmarañar el estilo del
autor. Sin embargo, es importante recordar que la obra es independiente de
quien la crea y por eso es que puede ser sometida a análisis estructurales.
Cuando el poeta escribe lo hace con libertad y el resultado final es lo que ya
luego los estudiosos clasifican de acuerdo a las figuras retóricas. La
sensibilidad de quien lea la poesía detectará y apreciará las anáforas, las
repeticiones o las metáforas aunque no maneje la teoría o desconozca que también
existen las aliteraciones, elipsis o sinécdoques.

Comentario escrito como tarea académica para el curso Seminario de Poesía Hispanoamericana de la Maestría en Literatura Hispanoamericana.

Ensayo
sobre Crónicas para sentimentales, de Jacinta Escudos
Sobre
la individualidad se erige nuestra propia república. Las fronteras son
delimitadas por la conciencia y los rastros sentimentales que la sociedad
moderna arrincona en los departamentos. La soledad pareciera ser la única
compañera de los personajes retratados en el libro Crónicas para sentimentales
(2010) de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos. Los relatos hilan una
colección de situaciones en las que se percibe el desgano de vivir, la rutina y
los miedos de los hombres y mujeres del último siglo. También resaltan los
diversos recursos literarios que entremezclan figuras poéticas, el uso de
diferentes narradores y la ruptura de reglas gramaticales tales como la
ausencia de puntos o mayúsculas.

Un
epígrafe que corresponde a la canción Dos
caras de amor
de Los Moonlights le da la bienvenida a quien empieza la
lectura. Queda en mi mente la tonada al ritmo de una banda uruguaya que canta: “Dos
caras de amor tengo yo / De alegría y de dolor / Para reír y llorar” (Escudos,
2010. p.7) Esa es la antesala para nueve historias que más se acercan a la
tristeza que a la alegría plena del amor. La mayoría de los personajes navega
entre las fronteras de la socialización y se aferra a la individualidad.

En
el primer cuento titulado ¿En qué libro
guardé tus cabellos, Elsa Kuriaki?
, un narrador en primera persona comparte
las interioridades de su vida solitaria y el asombro ante la posibilidad de
reconocerse como alguien capaz de enamorarse. El personaje también expone el
miedo que conlleva la fragilidad de exponerle a Elsa sus sentimientos y caer de
nuevo en la vulnerabilidad. Fue tal la emoción por sentirse frente a frente al
amor, que el protagonista sucumbe a un exceso de emociones que su organismo no
es capaz de soportar. Se resetea, tal y como si fuera un sistema operativo que
debe reiniciarse y pierde la memoria.

En Lecturas para misántropos modernos se
presentan tres relatos breves sobre mujeres que se sienten aversión al trato
con las personas. Por ejemplo, la voz narradora de puertas asegura realizar cosas útiles porque lee mucho, sale a
hacer la compra, arregla la casa y no se mete con nadie. Tanto ella como la
protagonista de T.V. se duermen
acompañadas por el televisor y meditan sobre la muerte. En los siguientes
fragmentos se pueden apreciar este tipo de reflexiones:
“y
si esa bolsa me matara, la verdad es que me estaría haciendo un gran favor” (Escudos,
2010. p.30).
Lo curioso es que aunque viven encerradas en su metro cuadrado, también son quienes se atreven a cuestionar elementos fundamentales en los que quizá la mayoría de personas no se detienen a reflexionar por estar pendientes de sus ocupaciones diarias:

“a
veces me despierto en la oscuridad de la noche, y no sé por qué me pongo a
pensar en la muerte y pienso tanto y tan intensamente en ello que siento algo
más que miedo, algo mucho más fuerte que el miedo, algo para lo que aún no
inventan una palabra, un algo terrible en el pecho y el cuerpo entero”. (Escudos,
2010. p. 41)

Hay
relatos como Novela de amor pakistaní
en los que la estructura narrativa se intercala con recursos poéticos. El
cuento se desarrolla entre los monólogos de Valkiria y algunos diálogos que
intercambia con un productor español. De acuerdo con Fuentes, la autora
evidencia su interés por la experimentación, con gusto por el texto
hiperrealista, pero también por el relato de tintes poéticos (2013, p. 75). A
continuación se ejemplifica este estilo narrativo:
“tu,
allá arriba, tomándote un whisky, con tus anteojos oscuros colgando de tu
cuello por una cadenita, para tenerlos a mano cuando el brillo del sol que se
refleja en las nubes haga destellos contra el metal del ala del avión y contra
el plástico de la ventanilla por la cual te asomas / ese calor, ese whisky en
la mano, las nubes como un paraíso de algodón / salir por la ventana y caminar
sobre las nubes, a través de ellas, dormir y taparte con ellas, descasar sobre
ellas, descalzo… (Escudos, 2010 p. 50).

Las
crónicas continúan con Nights in Tunisia,
una historia lineal contada en tercera persona y ambientada en Nueva York. La
búsqueda de la ternura se mantiene aunque los escenarios cambien y ahora nos
encontremos en un club que está a reventar y donde Nausicaa es una intérprete
de jazz. Somos testigos de la historia de amor inconclusa con Desiderius, la
persistencia de Nausicaa por buscar la aceptación y sentirse amada. La búsqueda
del amor también es el motor en Relato
Judicial
, una historia contada por un narrador en tercera persona cuya voz
es interrumpida por los pensamientos de una periodista que se enamora de un
presunto criminal. Todo sucede en pocos minutos y en cuestión de un intenso
intercambio de miradas.

En
una entrevista publicada en la revista virtual Aurora Boreal, la escritora explica que su objetivo fue cuestionar
los roles impuestos por la sociedad y los ideales del ser humano contemporáneo
que se ahoga todos los días en una enajenación cotidiana (Ritter, S.F). En Palabras Blandas, Materia Negra y Crónicas para
sentimentales
se percibe ese cansancio interior que se refleja en
relaciones inestables e incluso el rechazo a embarcarse de nuevo en una
relación.

La
carga sentimental se acumula en la garganta al llegar a la última página. No es
difícil sentir empatía por los personajes que vagan en cada crónica porque la
lectura de estos relatos implica un llamado a la sensibilidad y a reflexionar
en el desasosiego interior que el ritmo de vida moderno puede ocasionar. Cuando
la desilusión es muy grande suele surgir esa inmensa pereza de volver a amar
que se menciona en Crónicas para
sentimentales
. El desgano aumenta de manera progresiva hasta convertir a
las personas en ermitaños modernos o autómatas que no viven de manera
auténtica.

El libro
es un novenario a la desesperanza pero me niego a creer que todo está determinado al fracaso.
Nunca es tarde para reducir la misantropía. Tenemos derecho a momentos de
felicidad, tal y como la saborea el personaje de la primera historia por unos
cuantos segundos. La derrota sería abandonarnos y caer al viento como el clavel
que deja una estela roja en su caída desde el noveno piso.
Bibliografía
·        
Escudos, Jacinta (2010). Crónicas para
sentimentales. Guatemala. F&G Editores.
·        
Fuentes, Moises Elías. (2013). Nueva
Narrativa centroamericana: breve panorama II. Casa del tiempo. Recuperado de:
http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/74_75_vi_dic_ene_2014/casa_del_tiempo_eIV_num_74_75_74_77.pdf
·        
Ritter, Luis Pulido.  (Sin fecha). Entrevista a Jacinta Escudos, Una
trampa feliz. Dinamarca. Recuperado de:
http://www.auroraboreal.net/actualidad/entrevistas/1471-una-trampa-feliz

«Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, 
para creer que se puede cambiar algo en este país, 
para creer que a la gente le interesa cambiar algo».
El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador
de Horacio Castellanos Moya

¿Has sentido que hay momentos en los que se agotan las fuerzas para permanecer? Volteas a ver a tu alrededor y todo parece tan distante, tan impersonal. Te cansas de buscar el encanto y de justificar las razones para llegar puntual al trabajo. Optas por dejar de leer el periódico para intentar convencerte de que todos los esfuerzos valen la pena. Hay días como el del viernes 29 de agosto en el que ese desencanto amanece más intenso. No sé si fue coincidencia haber empezado a leer la novela El Asco (1997) escrita por Horacio Castellanos Moya, justo después de haber atravesado el día con ese malestar, pero mis cuestionamientos encontraron eco en esta lectura.

Hoy es 12 de septiembre y el fervor patrio insiste en congestionar el tránsito al ritmo de las antorchas que empiezan a recorrer Guatemala. Hace un año sentí ganas de llorar al observar a los estudiantes corriendo por las calles. Tan inocentes, tan cansados, tan corriendo con el corazón en la boca y la noción de patria sin terminar de construirse en su imaginario. Creo que este 2014 no tengo mucha cabeza para reflexionar en el tema y solo quiero decir que para mí es más patriótico cuestionar esos valores y no correr sin ton ni razón por la ciudad. Ando con unas ganas desilusionadas de largarme y a la vez reflexiono sobre la permanencia y el exilio.

Regreso entonces a El Asco y sin querer, me contagio del desgano plasmado en cada una de las páginas. Las estampas que retrata bien podrían ser tan guatemaltecas como salvadoreñas. El protagonista es Edgardo Vega, quien se reunió con Moya en el bar La Lumbre para decirle todo lo que piensa acerca de la inmundicia que encontró al retornar a su país y comprobar que el contexto no ha mejorado. Vega regresa a San Salvador después de vivir dieciocho años en Montreal para enterrar a su madre y ver a su antigua patria desde la perspectiva de la distancia, el cinismo y el desencanto.


Al igual que Vega, cuando asegura que le parecía cruel e inhumano que habiendo tantos lugares en el planeta, a él le hubiera tocado nacer en ese sitio, yo ya había dedicado algunos minutos a ese mismo razonamiento. Lo pensé un viernes por la mañana cuando sostenía una taza de café entre mis manos y observaba los edificios cercanos a la oficina. Trataba de encontrarle alguna explicación a la manera en la que el designio divino conspiró para que nos tocara venir a nacer en el trópico alucinado. En el micropaís donde se sobrevive a cada segundo.


En las páginas también se percibe un
duro cuestionamiento del autor hacia la construcción de la nacionalidad y todos
los elementos que se integran para formar la identidad salvadoreña. Uno de los
señalamientos más recurrentes es la ferviente y ciega devoción con la que
defienden la cerveza Pilsener, la cual es considerada por sus connacionales
como la mejor bebida del mundo. Los símbolos gastronómicos
también son criticados y es que ¿acaso nuestra nacionalidad se queda nada más en defender un litro de Gallo, Cabro o Pílsener? ¿Tostadas, rellenitos, tamales?
El señalamiento no se queda en la superficie, pues
poco a poco el autor va profundizando en aspectos relacionados con la
ideología, la educación y la inseguridad en el país. Debido a la similitud de
ambos países, es inevitable avanzar en la lectura sin empezar a contagiarse de
esa vomitiva repulsión que predomina en cada página.

Así que ahí estaba yo: leyendo El Asco y devorando cada palabra con la misma repulsión que sentía Vega, hasta que llegué a la parte en la que el personaje se voltea hacia su interlocutor para echarle en cara su ingenuidad. Le pedía que no perdiera el tiempo porque resulta imposible que su país produzca escritores de calidad. Sobre todo en un lugar donde a nadie le interesa la literatura, el arte o cualquier manifestación creativa. Es una dura pedrada que viene de parte de alguien que reniega de su identidad hasta el punto de tramitar un pasaporte diferente y cambiarse de nombre. Toda su nueva idiosincrasia está construida alrededor de Thomas Bernhard, un nombre que tomó de un escritor austriaco al que admira.


Puedo sentir la horma apretada de los zapatos del que decide apagar el televisor y dejar todo para irse a otro país. Las dos caras de la moneda traen consigo cierta dificultad porque por un lado está el destierro voluntario y la nostalgia pero en la otra esquina está la lucha de quienes permanecen entre la debacle y se aferran a una mínima esperanza. Una persistencia que ante los ojos de Vega se transforma en locura:

“Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, para creer que se puede cambiar algo en este país, para creer que a la gente le interesa cambiar algo. Todo es una alucinación, Moya, enténdelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de este país: aquí te vas a pudrir”. (Castellanos Moya 2007: p. 80)


En este punto me hubiera gustado interrumpir a Vega porque está a punto de darme con el dedo en la yaga. Pienso en la forma con la que podría responderle y viene a mi mente el poema de Maurice Echeverría Aquí está el milagro, que podría ser una especie de manifiesto para
los que eligen quedarse o no pueden largarse: 

Me pude haber ido
de este país,
escribir
en otra parte,
pero,
como yo lo veo,
la dignidad
estaba en quedarse
de pie
en este cráneo inacabable,
en este liso espanto,
larga canícula
de espinas.

Aquí es.
Aquí está el milagro…
Hay un conflicto interno que crece cada vez más porque aunque sienta estas ganas desesperadas de irme corriendo a abrazar a mi amigo en otro país, también siento los lazos que me unen a Guatemala. Vega es un autoexiliado que prefirió largarse. Tramitó un pasaporte canadiense para construir alrededor de
ese documento una nueva identidad que lo rescatara del trópico salvaje. De ahí
que pierda aún más la cordura cuando creyó que estaba a punto de quedarse
varado en su pesadilla al perder el documento: “El terror se apodero de mí,
Moya, el terror puro y estremecedor: me vi atrapado en esta ciudad para
siempre, sin poder regresar a Montreal, me vi de nuevo convertido en un
salvadoreño que no tiene otra opción de vegetar en esta inmundicia” (Castellanos Moya 2007:p. 120).
La desesperación se patentó en su rostro y obligó a
su hermano a que lo ayudara a buscar ese pedacito de tierra canadiense que lo
salvaría de la decepción, la inseguridad, la incoherencia ideológica y el
atraso que significaba El Salvador para él. A todos nos gustaría tener
ese salvavidas que nos rescate del caos de ciudad que nos heredó la historia.
Sin embargo, no todos tenemos la oportunidad de reinventarnos y negar nuestras
raíces, que al final resulta más cobarde que el permanecer al pie del cañón o
asumir el exilio desde una actitud distinta. Reconocerse en el otro pero sin
anular la identidad original.

Ahora mi asco se va transformando en un poco de empatía y lástima por ese personaje 
delirante que vive en un mundo construido sobre ilusiones. Pienso en asumir mi patria. Vivir con ella y llevarla conmigo si en algún momento parto hacia otra frontera. Más allá de celebraciones torpes y alcoholizadas, se necesita un terremoto simbólico que nos cuestione el fundamento de nuestra nación y nos lleve a reflexionar sobre la identidad. Urge sanar heridas históricas en este fragmento de tierra donde se sobrevive cada día y donde una enorme mancha gris empieza a colocarse sobre los muchachos que corren ilusionados detrás de una antorcha. Las banderas luchan por hondear libres al viento y ruge la lluvia que está a punto de derrumbarse sobre nosotros.

*Esta es una adaptación de un ensayo que acabo de entregar como parte del Seminario sobre literatura de América Central. 

* Foto de Prensa Libre

«El sol, su calor. ¿Acaso eres humano?» — Esto es lo que piensa Septimus antes de lanzarse al vacío, en la novela Señora Dalloway de Virginia Woolf. Todavía sigo pensando en la carrera de su esposa Rezia para detenerlo, todo pasó tan rápido y cuando reaccioné, ya era muy tarde. No pude hacer nada más que bajar el libro y observar a los carros que pasaban por la avenida. Quizá si alejaba el libro por un momento, podría retrasar lo inevitable. El viento soplaba suavemente a la hora de almuerzo.
Todos en la cafetería conversaban sin mostrar mayor preocupación en sus rostros. Así son las tragedias, nadie más que los implicados son quienes las lloran. Me costó reponerme y regresar a la oficina. Por la tarde, el sol se escondió como siempre, le tomé la foto y maneje el carro pensando en Rezia y Septimus. Los minutos previos parecían tan perfectos. Ella cosía un sombrero para vendérselo a una señora y él hacía bromas al respecto. De esas bromas tan íntimas que solo los esposos pueden comprender. Ella fue feliz de nuevo pero todo cambió de forma drástica en pocos segundos.(Colección de soledades)

Pd. No he terminado la lectura, por favor no me la cuenten.

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